El fútbol es de momentos.
Un día todo te sale bien.
Goleas a todos tus adversarios y sales campeón centroamericano.
Luego igualas contra Argentina en un Mundial Sub-20 y todo es felicidad.
Aprovechas ese buen momento para ir a unos Juegos Panamericanos y las cosas no pueden ir mejor. Empatas con Brasil 3-3, terminas cuarto y nadie te puede decir nada.
En ese envión de inmortalidad tomas el reto de clasificar a unos Juegos Olímpicos con tu grupo, pero terminas eliminado, último del grupo detrás de Cuba.
El duro golpe te hace dudar, pero sabes que los logros están, por lo que levantas la cabeza, recordando que todo se debió a la mala suerte.
Y así te ratifican para otro proceso Sub-20, teniendo en cuenta que clasificaste sin despeinarte, terminando subcampeón del pasado Premundial de la Concacaf.
Fiel a tu estilo, nuevamente llevas tu grupo.
La diferencia es que ahora algunos empiezan a dudar. Los resultados ya no llegan tan fáciles y todo se empieza a nublar.
La confianza, tu arma más importante, ya no es de fiar y todo empieza a caer, uno por uno.
Te encierras en tu mundo, no escuchas a nadie y como vehículo sin frenos, vas directo a un fracaso que solo tú pudiste evitar.
Esa es la historia de Leonardo Pipino.
Un técnico que lucha contra su propia persona, su sombra, golpeado después del fracaso en el pasado torneo clasificatorio en casa, que intenta encontrar ese buen momento que lo llevó a liderar a uno de los mejores equipos mundialistas que ha tenido Panamá.
Lo curioso es que después de ahogarse con barco y todo en el estadio Maracaná de El Chorrillo, recibe otra oportunidad.
Sus padrinos en la Fepafut le sonríen, levantan el dedo pulgar y como por arte de magia, otro nuevo reto a comenzar.
Al mismo tiempo, otros técnicos esperan, preguntándose si tendrán las mismas oportunidades, a lo que uno le responde que primero vayan buscándose un buen padrino, porque ya no importa fracasar.
