MIAMI, EU. En una de sus tantas noches de copas, de las que lo hicieron tan célebre como sus devastadores puños, Roberto Durán compartía con un hombre que tenía un ojo de vidrio.
Cuenta El Cholo que, tras varios tragos, aquel tuerto se desartornilló el ojo falso y lo colocó sobre la mesa.
¿Y eso? le preguntó entonces Mano de Piedra al pirata.
"Como ya estamos borrachos, el ojo nos vigilará", le replicó el cíclope.
Durán, quien el próximo 16 de junio cumplirá 56 años, es una biblioteca ambulante de anécdotas e historias fascinantes.
A su modo folclórico y atropellado, el cuatro veces campeón del mundo conversa mientras se hunde en el profundo océano de su mente y rescata episodios que tal vez muchos no conocían de su vida, como aquel del caballo.
"Estábamos un compadre y yo en un festival en el interior y se nos había acabado la plata", apunta el ex monarca panameño. "Queríamos seguir chupando y como entonces ya boxeaba, un tipo me retó a noquear a un caballo".
"Si lo tumbaba, me ganaba una botella de seco. Recuerdo que mi compadre me recomendó que no le pegara en la frente, sino detrás de la oreja y saqué la mano y el caballo se cayó. Me quebré un dedo, pero seguimos la parranda".
Pero Durán es algo más que un anecdotario parlante. Es una leyenda viva, sin duda alguna el mejor boxeador latinoamericano de todos los tiempos y para muchos uno de los 10 más grandes pugilistas que jamás haya existido.
No por nada ingresará este domingo al Salón de la Fama del Boxeo Internacional en Canastota, Nueva York.

