En la puerta de su taller hay una bandera panameña y un letrero pequeño que advierte que adentro trabaja un talabartero, es una profesión poco conocida, de hecho, dice Rubén Darío Jaramillo que ya no es rentable, que ya no da para vivir.
El hombre de barba y cabello blanco llegó a Panamá en 1975, desde entonces trabaja en el Hipódromo Presidente Remón, en un pequeño recinto donde resucita los artículos de cuero.
En su taller tiene una mesa alta y sobre ella están algunos encargos pendientes, también unas tiras de diferentes colores de nailon, que ahora usa como reemplazo de la piel curtida. A un costado hay una máquina de coser vieja, pero tan poderosa que perfora lo que ponga para unirlo, en especial ese material de peculiar olor y textura que lo trajo a Panamá hace 42 años.
Jaramillo es oriundo de Cali, Colombia, allá aprendió de su padre el arte de trabajar el cuero para convertirlo en maletines, correas, cartucheras para pistolas, en sillas de montar para la ganadería, en un modo de ganarse la vida.
En Colombia se graduó de bachiller, jugó sus primeras partidas de billar, su otra pasión, hizo sus primeros trabajos en cuero y conoció a Gilberto Casanovas, un amante de la hípica panameña que viajó a su tierra en busca de salud.

Casanovas le pasó el dato a Colombia, como le dicen a Jaramillo, que en el hipódromo de Panamá no había talabarteros, y así, tentado por la aventura, emprendió viaje hacia Panamá, su llegada al coloso de Juan Díaz estaba próxima.
En su tierra natal había estado cerca de un caballo, pero muy lejos de un hipódromo, no se imaginaría que ese era su destino.
Estando en Panamá comenzó a cotizar herramientas para su taller, así se encontró en una tienda con Luis Humberto Mago Farrugia, famoso preparador hípico fallecido, que en ese momento estaba comprando remaches para una jáquima.
La coincidencia los unió para siempre.
“El Mago fumaba un tabaco muy hediondo”, lo recuerda Jaramillo, que cruzó palabras con el adiestrador, quien le preguntó a qué se dedicaba. “Yo soy talabartero”, respondió el recién llegado. “Yo no creo que tú seas talabartero”, le ripostó Farrugia, quien de inmediato lo invitó para que fuera al hipódromo a probar sus conocimientos.
Jaramillo aceptó el reto y al día siguiente se encontraron en el lugar pactado, era la primera vez que el colombiano entraba en el recinto hípico.
Farrugia lo llevó directo a su establo, donde había una mesa de trabajo, “tenía de todo para comenzar a darle forma al cuero”, rebusca en su mente Colombia.
Una advertencia vino de inmediato por parte del preparador: ¡si tú me haces una jáquima en dos horas, yo te doy trabajo!
La respuesta del artesano fue sorpresiva, “¿qué es una jáquima?”. “Ves que no sabes de talabartería hípica, eres mentiroso”, refutó Farrugia. Fue un cruce de palabras amigable que terminó con una aclaración cuando le mostraron al colombiano la forma en que tenía que moldear el cuero. “Eso en mi país se llama jaquimón y de esas le puedo hacer un par en dos horas”, explicó el ahora hombre de 73 años de edad.

Farrugia se fue a la pista a ver sus caballos y Jaramillo se quedó en el taller; fue su primer trabajo en el hipódromo, donde sigue todavía haciendo o moldeando el cuero, ya no con tanta insistencia como en 1975.
Ahora es el único talabartero hípico del hipódromo panameño, por eso tiene los créditos para decir que ese material de olor peculiar está pasando de moda.
En su taller, ubicado casi a la entrada de los establos del recinto hípico y a unos cuantos metros del lugar donde en las mañanas se sienta a jugar barajas con unos amigos, hay dos sillas para montar que tiene que reparar, por una cobrará 110 dólares y por la otra, 400 dólares.
Las toma, las mira y explica con lujo de detalle los pasos que tiene que hacer para repararlas y a veces hacerlas nuevas. Dice que sus principales clientes son los recién egresados de la escuela de jinetes, mientras advierte que al año solo confecciona tres o cuatro, debido a que se hacen por encargo, las demás se heredan, porque son muy resistentes y solo necesitan mantenimiento.
De una bolsa de plástico saca varios moldes de papel para recortar todas las partes del sillín, luego la vieja máquina de coser se encargará.
Acto seguido señala un pedazo de aluminio que le servirá para dar fortaleza a su obra, y al que además tendrá que hacerle dos orificios, de donde se engancharán los estribos por medio de correas de nailon. Las sillas se hacen en su mayor parte de charolina, un plástico brillante.
El peso total del sillín varía de entre 7 onzas hasta 1 libra, son muy pequeños debido a que el jinete no lo usa para sentarse, solo para apoyar sus pies en los estribos.
Pero Jaramillo aclara que su trabajo también consiste en reparar y hacer los implementos que se utilizan para lidiar con el caballo. Así menciona los cascos, cabestros y bozal, etc., es otra forma de ganarse la vida.
Jaramillo se siente panameño, además de su bandera en la puerta, tiene una hija y tres nietos nacidos en Panamá. Sus jornadas de trabajo las complementa asistiendo a un billar donde consigue un extra para subsistir, reparando las puntas de los tacos, que son de cuero.
Por su taller han pasado Laffit Pincay, Cornelio Velásquez y Wigberto Ramos, pero no llegan con regularidad, así que Jaramillo espera pacientemente su próximo trabajo, que le haga recordar sus buenos tiempos en la talabartería hípica.
