El drama de una familia panameña

El drama de una familia panameña
Jaime Rodrigo Gough

Parece un día normal en la casa de la familia Gough Ramírez, pero no lo es. Falta Jaime Rodrigo, el hijo mayor, el que les nació a Jorge y María Segunda el 10 de octubre de 1989 en Miami, Florida.

María Segunda habla por teléfono. "Gracias, sí, muchas gracias", le dice a un interlocutor no identificado. Jorge conversa con su abogado y otros dos consejeros legales en la sala de la casa.

De la noche a la mañana, la rutina cambió para esta familia panameña-salvadoreña residente en Kendall, al sur de Miami.

El martes 3 de febrero, a eso de las 8:30 de la mañana, Jaime fue degollado en el baño del segundo piso de la escuela intermedia Southwood, una institución educativa de prestigio que se especializa en el desarrollo de las artes visuales, la danza, el drama y la música.

Dos estudiantes lo hallaron sangrando pero, al parecer, con vida. Tras ser avisada, la policía escolar encontró a Jaime, de 14 años, ya fallecido.

Ese mismo día, agentes policiales asignados a la investigación cerraron las puertas de la escuela durante más de seis horas, indagaron las pistas y detuvieron a un sospechoso, Michael Hernández, de 14 años, compañero y amigo cercano de Jaime.

Según informó la policía del condado Miami-Dade, unos estudiantes vieron salir del segundo piso a Michael momentos antes de encontrar el cuerpo de Jaime.

Michael confesó haber cometido el crimen con un cuchillo con sierra y un guante de látex, objetos que la policía encontró en su mochila luego de que el joven consintiera la revisión de sus pertenencias.

Hasta el momento, se desconoce qué motivó a Michael para acabar con la vida de su compañero. Poco se sabe sobre Michael, pero Reina Ramírez, una prima de Jaime, recuerda haber escuchado que era un joven "bien posesivo, estricto en sus horarios y que quería que todos los niños fueran como él, por lo que nadie se le acercaba".

"A Jaime le daba lástima y por eso le escuchaba sus cosas, aunque mi tía (María Segunda) le aconsejaba que no se metiera con él, que no se confiara. Pero Jaime le decía que no se preocupara, que si (Michael) le llegaba a hacer algo, él podía defenderse, y que siempre iba a ayudarla hasta los últimos días de su vida", dijo Reina.

Jaime no pudo defenderse esa mañana. Tampoco podrá pasar más tiempo con sus familiares, pero María Segunda dice que aún muerto Jaime es el mayor orgullo de la familia, tanto en Panamá como en El Salvador.

"El quería ser el mejor sicólogo de Miami, eso me dijo un día de la semana pasada que vino bien contento. Me dijo que él iba a ser muy famoso", dice María Segunda, quien agrega que no le es permitido hablar sobre el asesinato de su hijo, pero comparte sus mejores recuerdos en conversación con EFE .

María Segunda, una salvadoreña de tez clara y sonrisa amplia, emigró hace 18 años desde Meanguera, Morazán, hacia Estados Unidos.

Conoció a Jorge mientras recibía clases de inglés. Durante años, se ha dedicado a limpiar viviendas, y su esposo trabaja como asistente en el balneario Grove Isle Marina. Orgullosa, María Segunda muestra una tarjeta "adelantada" de San Valentín que su hijo le compró hace unos días.

"Encontré esta tarjeta entre sus cosas. Es de San Valentín", dice María Segunda. Jaime se tomó el tiempo de escribirle un último mensaje a su mamá, en letra de carta, en el que le desea bendiciones de Dios, amor y "sobre todo salud".

Jaime escribió su nombre debajo de tres líneas horizontales con corazones dibujados.

A los acongojados padres les quedan numerosos recuerdos de su hijo, un avezado estudiante de octavo grado a quien le gustaban las tortugas y que aprendió a tocar violín desde pequeño e integraba la orquesta escolar.

Más de una docena de certificados de excelencia en matemáticas, ciencias, español, computación y de participación en cursos de resistencia a las drogas y en programas de voluntariado decoran una mesa.

"Nuestra vida ha cambiado. No sé qué haremos", dice María Segunda en referencia al futuro, a los planes familiares. Junto a su esposo, ella está preocupada por su hija Brenda, de 10 años, quien "todavía no ha asimilado lo que pasó ni ha llorado".

Al entierro, programado para el próximo 10 de febrero en un cementerio del sur de Miami, asistirá toda la familia, incluyendo los parientes salvadoreños y panameños que ya han conseguido sus visas para viajar a Estados Unidos.

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