Las proyecciones del desempeño de los mercados financieros para el 2022 se basaban en escenarios complejos. Por un lado, una recuperación económica en marcha luego de sortear los efectos de la Covid-19 y por el otro, este nivel de recuperación generaba presiones inflacionarias siendo innecesario el uso de los estímulos monetarios, por lo que se contemplaba el aumento en las tasas de interés desde marzo.
Dado el previsible ajuste en las tasas, los instrumentos de mayor riesgo, como acciones y bonos de mercado emergentes, comenzaron a bajar de precio desde finales del 2021, tendencia que se mantuvo durante los primeros meses del año, con el riesgo geopolítico latente, derivado de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia por la crisis en Ucrania.
Este riesgo se materializó con la incursión al territorio ucraniano por parte del ejército ruso el 24 de febrero, generando más perturbaciones a los mercados y a la economía global.
El S&P perdió un 2% de su valor desde esa fecha hasta el viernes pasado y 3.7% el ETF (fondo de inversión cotizado) que replica el comportamiento de los bonos de los mercados emergentes.
Adicionalmente, la guerra y las sanciones impuestas a Rusia tendrán un fuerte impacto en la cadena de suministro de bienes comercializados tanto con Ucrania como con Rusia, especialmente el petróleo, el cual alcanzó su precio más alto de los últimos años, lo que a su vez incidirá en el incremento de precios de otros bienes, ya no como resultado de un aumento en la demanda, sino por la reducción de la oferta, lo cual agrava el escenario de precios.
Bajo este contexto, se espera que el 16 de marzo la Reserva Federal (Fed) anuncie el incremento de los tipos de interés, poniendo fin a la política monetaria laxa. Sin embargo, dado la coyuntura, algunos analistas consideran que el incremento de las tasas no podrá ejecutarse según las proyecciones iniciales, pues con el fenómeno inflacionario de oferta, un mayor ajuste en la tasa de interés agudizaría la estanflación, fenómeno que no se había visto desde los años 70 del siglo pasado.
Para la región, la situación no es más halagadora. Las tasas locales continuarán subiendo para frenar la inflación, mientras que el incremento de los tipos de referencia en USA aumentaría los gastos de financiamiento externo y con el dólar norteamericano fortaleciéndose, el aumento sería mayor.
Desde el lado positivo, el aumento del precio del petróleo podría incrementar las arcas fiscales de las economías productoras de la región. Sin embargo, el incremento generalizado de bienes neutralizaría el beneficio del ingreso petrolero, reduciendo los salarios reales de los latinoamericanos, el aumento de los energéticos presionaría las finanzas públicas por los subsidios energéticos otorgados y debido a la dependencia de la región a los agroquímicos rusos, los alimentos podrían subir, por consiguiente, se generaría un escenario de riesgo social no contemplado.
Sin duda en 2022 se han generado escenarios más complejos de lo previsto y el impacto en los mercados dependerá de cuándo y cómo se resuelva el conflicto.
El autor es financista

