Diana Campos Candanedo dcampos@prensa.com
Si la Cumbre Ministerial del ALCA que inicia esta semana en Miami es decisiva para los 34 países del hemisferio, para Panamá es una verdadera prueba de fuego.
Está en juego mucho más que solo reanimar las tambaleantes negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en medio de intereses comerciales que chocan a ambos extremos del continente.
Miami será el escenario del rito de iniciación de Panamá en las grandes ligas del comercio internacional, cuando Estados Unidos anuncie oficialmente la apertura de negociaciones para un Tratado de Libre Comercio (TLC) la tarde del martes, 18 de noviembre.
Según fuentes diplomáticas, Estados Unidos también haría lo propio con Perú y posiblemente con Ecuador.
Todo esto sucede en el marco de un ALCA cada vez más debilitado, con un texto con cerca de 7 mil corchetes (asuntos no concensuados) y en momentos en que el fantasma del fracaso de la Cumbre de la OMC en Cancún todavía merodea en el ambiente.
Pero, irónicamente, el lento avance del proceso de ALCA, lejos de ser un problema, se convirtió en una ventaja para Panamá en sus aspiraciones de un tratado bilateral con Estados Unidos.
A Panamá le ha convenido que el ALCA no avance con la rapidez esperada, porque esto ha reforzado la política de convenios bilaterales que Washington ha comenzado a adelantar con América Latina, consideró Roberto Henríquez, ex viceministro de Comercio Exterior.
El gobierno de George W. Bush decidió que su relación con América Latina trascendería el ALCA y optó por la vía de los acuerdos bilatarales.
Para Estados Unidos, la opción bilateral guarda una relación directa con su dificultad de llegar al mismo acuerdo con toda la región, al reconocer que en el actual escenario, el ALCA podría tomar más tiempo de lo previsto, sustentó por su parte Carlos E. González Ramírez, experto en comercio internacional y ex negociador de Panamá ante la OMC.
Tal parece que Estados Unidos estaría buscando una red de acuerdos regionales, una especie de mini ALCA, que gire a su alrededor y que además le permita tener un control geopolítico en la región.
Tanto Henríquez como Ramírez coinciden en que Panamá supo aprovechar esta coyuntura (que no existía durante la administración Clinton) y abordar exitosamente el tema con Estados Unidos.
Y sin lugar a dudas, esto cobró mayor fuerza cuando el tema fue elevado a un asunto de Estado con la participación activa del sector empresarial.
