En el otoño de 1997, el Guggenheim abrió un nuevo museo en Bilbao, España, el cual recibió una extraordinaria acogida. El llamativo diseño de Frank Gehry parecía augurar una nueva era de extravagancia en la arquitectura museológica. La apertura también propició un ya prolongado debate: ¿son contraproducentes los edificios de museos cuando eclipsan las propias piezas de arte que albergan?
Siete años después, la polémica sigue candente, en especial ante la posibilidad de que el Museo Guggenheim Bilbao sea la expresión más reciente de las aspiraciones mundiales de Thomas Krens, director de la institución neoyorquina, que cuenta con otros ejemplos en Berlín, Venecia y Las Vegas. El 19 de enero, Peter Lewis, el mayor benefactor del museo, abandonó el consejo en protesta por el objetivo de expansión internacional de Krens.
En una visita reciente, el aura del edificio sigue intacta. Las ondulaciones de metal reluciente contra las vistas del río Nervión aún arrancan una sonrisa. El museo sigue siendo la composición más relajadamente firme de Gehry.
Su interior es igualmente irresistible. Las galerías cuelgan como vainas dentro del atrio, que evoca un bosque salteado de rayos de sol de formas ondulantes y frondosas en yeso, piedra y cristal. Uno descubre las galerías insertadas dentro de esta colosal maravilla de formas.
Culpa de los directores
¿Cómo pueden competir las obras de arte con este dramatismo? Una extensa retrospectiva reciente del escultor Jorge Oteiza (1908-2003) puso de manifiesto las limitaciones derivadas de la gestión del museo, más que de los aspectos arquitectónicos.
Los encargados del museo hicieron construir particiones rectangulares en los descendientes espacios de Gehry. Oh, oh. Se les dio forma cuadrada a la mayoría de las paredes curvas, a pesar de que el espacio no se necesitaba para una exposición de esculturas.
Oteiza, escultor posmodernista de posguerra asociado con el País Vasco, creó arrebatadoras piezas, pero muchas son pequeñas y requieren un estudio de cerca. Las paredes color beige y una perversa luz plana dificultaban la apreciación de sutilezas en el tallado y la textura de la superficie.
Oteiza descubrió una intensidad imprevista y dolorosa en los espacios tallados de un volumen, y esta profundidad habría florecido si los encargados del museo hubiesen permitido una sombra, o dos.
El miedo de hoy en día al daño causado por la luz natural parece en ocasiones excesivo. Los encargados taparon las claraboyas que Gehry había construido en muchas de las galerías: un ejemplo de un exceso de conservadurismo exasperante en la gestión de los museos. La luz natural no habría dañado estas esculturas, hechas principalmente de metal y piedra. Gehry había colocado las claraboyas en profundos artesonados, lo que evitaba que la luz provocase demasiado contraste.
Puentes magníficos
Aunque me encanta la obra de Oteiza, la deslucida exposición me cansó antes del final. Desparramándose por cuatro galerías de distintas alturas y tamaños, el camino queda interrumpido dos veces por puentes que cuelgan magníficamente dentro del espacio del atrio. Muchos directores los considerarían molestas interrupciones al desarrollo cuidado de la narrativa de la exposición. Para mí fue todo un alivio.
Bilbao aún tiene poco trabajo para exponer en demasiado espacio. Está claro que la institución todavía debe crecer dentro del edificio.
Gehry diseñó casi todas las galerías muy grandes y de gran altura, y las obras pequeñas pagan el precio. Una exposición de dibujos e ilustraciones de Miguel Ángel y sus coetáneos nada en la inmensidad del espacio.
Oscurecer a Miguel Ángel
Obras que solo se revelaban a una distancia de entre medio y un metro parecían pequeñas manchas a más de tres metros de distancia. Sencillamente, el edificio no está hecho para acomodar con facilidad una exposición íntima y pequeña. No es sorprendente que las obras de grandes dimensiones preferidas por muchos artistas contemporáneos se exhiban mejor en estas grandiosas galerías.
Las superficies de las paredes de las galerías, curvas y en ángulo, son merecidamente objeto de controversia, aunque la mayor parte de la brillante ejecución de Gehry se manifiesta a una altura superior a la que se exhiben las piezas de arte. Estos espacios poco convencionales no son imposibles de utilizar, pero exigen un mayor talento por parte de los encargados del museo del que se necesita para colgar pinturas en un superficie de pared rectangular.
Es comprensible que a los directores de museos no les guste medirse contra un edificio. Contar una historia o crear un arco interpretativo con varias decenas de obras totalmente dispares es un cometido suficientemente difícil. Pero pocas obras de arte se crearon con un cubo blanco en mente; este es el parámetro por defecto que permite a los museos conseguir algo razonable con casi cualquier cosa.
El autor es crítico especializado en arquitectura de Bloomberg.




