El robo de combustible ha puesto en pie de guerra a varios estados del centro de México, con violentos enfrentamientos entre las autoridades y bandas organizadas y miles de familias que viven de esta práctica ilegal, que esta semana dejaron una decena de muertos.
Puebla es el epicentro de este fenómeno conocido como “Huachicol”, entorno al cual se ha creado una cultura con su propio “niño Dios” --con bidón y manguera en mano-- y música al estilo de los narcocorridos. Este tipo de hurtos, también cometidos por algunos grupos relacionados con los carteles de la droga y que causan a Pemex unos $2 mil millones en pérdidas anuales, son comunes desde hace años.
Pero la subida del precio de la gasolina impulsada por el Gobierno mexicano a principios de 2017, el llamado “gasolinazo” que desató virulentas manifestaciones, incrementó las tomas clandestinas.
Un litro de carburante en las estaciones de servicio ronda los $0.92, mientras que en el mercado negro cuesta entre $0.26 y $0.47.
El despliegue de soldados en los últimos tiempos en la zona --donde son constantes las ejecuciones entre grupos locales-- hizo caer los robos y disparó la tensión de los delincuentes, que quieren a las autoridades fuera de su territorio para seguir operando.
Diez personas, entre ellas cuatro soldados, fallecieron la semana pasada en el municipio de Palmar de Bravo en una serie de choques entre delincuentes y el Ejército.
El presidente Enrique Peña Nieto ha prometido combatir esta práctica ilegal a través de “una estrategia integral”, que ha encargado a las secretarías de Defensa Nacional, Marina y Hacienda. “Quienes lo practican [el robo de combustible] exponen a sus familias y dañan a sus comunidades”, aseguró.
