Los riesgos se acumulan en China, con una deuda galopante, un crecimiento basado en el gasto público y una burbuja inmobiliaria, obligando al gobierno a endurecer su política monetaria para desactivar además la bomba de relojería que constituye la “banca en la sombra”.
Los bancos chinos otorgaron en enero préstamos por $295,098 millones, dos veces más que en diciembre y tres más que en noviembre.
Esta suma, el equivalente al PIB anual de Irlanda o de Sudáfrica, viene a engordar la deuda china (pública y privada) que sobrepasaba el 270% del PIB del país a finales de 2016.
Es cierto que la segunda economía mundial tuvo el año pasado un crecimiento de 6.7%, en la horquilla fijada por el régimen. “Pero ¿a qué precio? A un mayor aumento de la deuda”, se preocupa Andrew Fennell, de la agencia de calificación Fitch. “La expansión del gasto público”, a través de obras de infraestructuras y empresas estatales, “no se sostiene”, continúa, señalando “un grave peligro de desestabilización”.
Por su parte, Standard & Poor’s señala que “la dependencia de un crecimiento impulsado por el crédito acarrea el riesgo de un brutal aterrizaje económico”.