Enormes fragmentos de concreto y de maquinaria rota es todo lo que queda de una planta cementera que alguna vez arrojó una gran contaminación sobre Hebei, la provincia más contaminada de China. Demolida en diciembre, la fábrica fue una de las 35 empresas cerradas o demolidas en el distrito de Pingshan dentro de la campaña del Gobierno para limpiar los cielos notoriamente contaminados de China.
El combate a la contaminación ha pasado a los primeros planos de la agenda del gobernante Partido Comunista, que por años impulsó el veloz desarrollo económico casi sin reparar en las secuelas ambientales.
Debido a la presión de la ciudadanía de que reduzca la contaminación del aire que cubre Beijing y diversas ciudades en China, los gobernantes del país han fijado un nuevo equilibrio en sus prioridades. El primer ministro Li Keqiang afirmó el pasado miércoles que el Gobierno debía declarar la guerra contra la contaminación de la misma manera que China ha combatido la pobreza. La contaminación ha sido “la advertencia de luz roja de la naturaleza contra el modelo de desarrollo ineficiente y ciego”, dijo. La campaña para volver limpia la industria de China ha agregado impulso a la campaña del Gobierno emprendida en los últimos años para reducir la capacidad de producción excedente en los sectores siderúrgico y cementero, que son muy contaminantes.