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VALOR RAZONABLE

Cuestionando el orden internacional

Recientemente, el presidente Donald Trump anunció un paquete de medidas imponiendo barreras arancelarias sobre las importaciones de acero y aluminio a Estados Unidos.

Estas medidas proteccionistas, consistentes en un arancel de 25% sobre las importaciones de acero y en otro de 10% sobre las de aluminio, vienen acompañadas de una creciente lista de naciones amigas exentas, cuando menos temporalmente, y no constituyen por sí mismas un cambio de proporciones materiales en el flujo continuo del comercio mundial.

Muchos expertos vaticinan que sus efectos serán mínimos o inexistentes en Estados Unidos.

Sin embargo, no dejan de tener importancia más allá de la simple contabilidad de las industrias afectadas y de los balances comerciales entre las naciones. Después del espectacular colapso del bloque comunista hace ya casi 30 años, Estados Unidos, haciendo uso de su indiscutible posición de liderazgo global, se dio a la tarea de construir un nuevo orden económico internacional basado, entre otros principios fundamentales, en la aceptación del libre comercio (entiéndase, un comercio internacional con pocas restricciones) como una realidad benigna, conducente al crecimiento económico general de la comunidad de naciones, y apoyado por un entramado multilateral en cuyo centro se erige imperturbable la Organización Mundial de Comercio como árbitro de última instancia de este juego planetario de intercambio de bienes y servicios.

En su versión más extrema, algunos filósofos de sala de espera han gastado ríos de tinta vendiendo la idea de que el libre comercio no solo traería la prosperidad del mundo, sino la paz global, quizá olvidando en el camino que el imperio británico, la Alemania Guillermina y la Tercera República Francesa eran estrechos socios comerciales inmediatamente antes de sacrificar a sus hombres en la Primera Guerra Mundial.

Trump, desde su campaña presidencial, dejó en claro que este orden mundial sería cuestionado, particularmente en lo relativo a las convenciones prevalentes con respecto al libre comercio internacional. Constantemente hacía referencia a que él prefería un “comercio justo” a un “comercio libre” , así que la imposición de estas medidas arancelarias no pueden constituir una sorpresa, salvo para aquellos que no se han terminado de habituar a una figura política como Trump, que tiene la desorientadora costumbre de hacer lo que dice que va a hacer.

¿Qué constituye exactamente un “comercio justo”? No lo sé, aunque no es aventurado especular que se refiere a alguna fórmula en que los términos de intercambio no deriven en una erosión de la base manufacturera en Estados Unidos; pero el demonio, dicen, está en los detalles, y no es posible saber a ciencia cierta en dónde terminará esta revisión del dogma económico de nuestros tiempos y cuál será la respuesta de otros actores del sistema, particularmente la China “comunista”, beneficiaria de primer orden del statu quo “neoliberal” (este es el mundo confuso en el que vivimos). Por lo pronto, hay que tomarse muy en serio al líder del mundo libre cuando dice que algunas cosas van a cambiar.

El autor es financista


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