Eslovaquia se convirtió ayer en el décimo sexto país de la Unión Europea que adopta el euro como su moneda de cambio, en medio de cierta nostalgia que supone el abandono de la corona, símbolo de la identidad de esta joven república nacida en 1993, y que ahora afronta con optimismo esta nueva etapa.
“Con la corona eslovaca se marcha una parte de la identidad eslovaca”, señaló en Bratislava el primer ministro eslovaco, el socialdemócrata Robert Fico.
El jefe del Gobierno, que a primeras horas de la madrugada obtuvo los primeros billetes de euro de un cajero automático de la capital, valoró sobre todo “el efecto positivo del euro en la economía local durante la actual crisis económica”.
Y es que el euro es percibido como el mejor antídoto y el necesario “anclaje estable” para afrontar la delicada coyuntura internacional, máxime al tratarse de una economía pequeña y muy abierta, en franca dependencia de sus socios comunitarios.
Es por ello por lo que las lógicas nostalgias han dado paso a la euforia de algunos altos representantes de la nación, como el gobernador del banco central, Ivan Sramko.
Éste calificó el día como un “paso histórico” y “grandísimo éxito”, con el que se culmina “una seria de hitos de integración desarrollados a lo largo de estas dos últimas décadas” tras las que Eslovaquia pasa a engrosar el número de usuarios de la “fuerte divisa común”.
