En su misión de restablecer la estabilidad de precios, el Banco Central Europeo (BCE) está dispuesto a esquivar las reglas.
Eso quedó demostrado cuando la crónica de la última reunión de estrategia monetaria reveló que los funcionarios consideran “inevitable” una desviación de la clave de suscripción del capital, una medición empleada para vincular la flexibilización cuantitativa con los tamaños relativos de las 19 economías de la zona del euro.
Eso se debe a que adherirse estrictamente a la clave implica tener que ir a la caza de bonos que escasean, y que de todos modos rinden tan poco que aseguran una pérdida para el BCE.
Aunque las divergencias también fueron consideradas “limitadas y temporales”, los inversores tomaron esto como una señal de que el BCE comprará más bonos de países muy endeudados – léase Italia – y menos de países como Alemania.
Cualquier medida hacia la compra de más deuda de los países más débiles amenaza con provocar la ira de las voces críticas que argumentarían que el BCE está ayudando a un gobierno a expensas de otro y socavando el argumento a favor de la reforma económica.
Al mismo tiempo, los estrategas monetarios ven la necesidad de asegurar que pueden mantener su postura expansionista “significativa” en un año en el que la débil inflación subyacente y los riesgos globales representan una amenaza para una recuperación aún frágil.
La interpretación pragmática del marco general de la política monetaria ha sido el sello distintivo de Mario Draghi durante su presidencia en el BCE. En 2012, cuando se dispararon los diferenciales de los bonos de países periféricos, prometió hacer “lo que sea necesario” para salvar el euro y diseñó un plan, aún no utilizado, para comprar la deuda de países muy endeudados.

