OPINIÓN. En la Europa del siglo XVII, algunas personas empeñaron todo, hasta sus casas, para invertir en bulbos de tulipán. A comienzos del siglo XXI, algunas personas en distintas partes del mundo están empeñándolo todo para invertir en casas. ¿Será el mismo cuento, con distintos detalles? La pregunta ha llegado a ser tema de un debate largo y movido.
Para complicar la discusión, el mundo acaba de pasar por un ciclo de auge y decadencia de acciones del sector informático, de las postrimerías de los años noventa al 2002, que en los anales de las "burbujas" financieras muchos han comparado la manía con los tulipanes hace casi 400 años.
Por más cautivante que sea, la discusión teórica sobre lo que constituye una burbuja no ayuda mucho a los inversionistas ordinarios. No importa cuántos digan ahora "¡Yo te lo advertí!", lo cierto es que no hubo un claro consenso de identificar como burbuja a la reciente experiencia con las acciones informáticas, hasta después del colapso de estas, conforme a la norma de que a las burbujas solo se las conoce por su reventón.
En materia de decisiones sobre invertir, cómo comprar una casa en Malibu o un fondo de inversión en acciones tecnológicas, la información a posteriori llega muy tarde.
Esto supone un problema. ¿Qué se puede hacer? A falta de mejores respuestas, los inversionistas pueden cuando menos grabarse en la mente la idea de que las burbujas conllevan la separación del precio de mercado de un activo del propósito que ese activo tenía originalmente.Según la descripción de una autoridad reconocida en el asunto, el extinto economista Charles Kindleberger, los participantes en una burbuja "suelen ser especuladores interesados en las ganancias procedentes de la negociación del activo en bolsa en vez de la capacidad de rentabilidad de este".
Cuando algo llega a verse como un "tulipán negociable" en vez de un botón de flor, entendemos que el precio del activo probablemente se ha desprendido de sus amarras.Esto no quiere decir que el valor fundamental del activo sea siempre fácil de determinar. Nadie puede definir de manera segura el límite superior del valor real de un producto primario que permite a su dueño cultivar flores hermosas, quizá en cantidades cada vez mayores.Igualmente, nadie puede precisar la rentabilidad futura representada por la acción de una compañía de Internet, como el minorista Amazon.com Inc.
Lo que sí puede darse por sentado es que las acciones nunca son meros destellos en una pantalla de computadora, que siempre son una parte de la titularidad de una empresa y que dan a sus tenedores un derecho de reclamación sobre el poder de beneficio de la empresa.Así que los inversionistas pueden empezar una prueba informal sobre si hay una burbuja examinando sus propios motivos para comprar una acción. Si partimos de algún tipo de evaluación razonada de lo que la compañía podría ganarse en un plazo de 5 a 10 años, conforme a un estudio del modelo comercial de la empresa, es posible que estemos sobre terreno firme. Pero si lo hacemos porque "están hablando de un precio meta de 500 dólares", es probable que no. Igual sucede con las casas que son, en su esencia, sitios en donde vive la gente, no vehículos de aumento de precio.
Hay una certidumbre razonable de que la gente siempre necesitará un techo para cobijarse; el aumento del precio es un deseo, no una necesidad.Hubo una época, hace apenas un par de generaciones, en que el consejo acostumbrado que se daba a los nuevos propietarios de viviendas era depreciar uno su inversión en, digamos, 3% a 5% al año al sacar las cuentas de la familia. Al igual que los automóviles y muchos otros bienes duraderos para el consumidor, las casas perdían valor según envejecían. Mi abuelo me dio ese consejo en 1974, cuando nos hallábamos sentados en el porche trasero de una casita que mi esposa y yo acabábamos de comprar.Qué anticuado, pensé en aquel entonces.
El tiempo ya había dado a la generación más joven una serie distinta de expectativas sobre el valor de las casas.Ahora bien, también decimos "cuán anticuado" hoy, cuando recordamos las afirmaciones hechas por muchos hace menos de 10 años, de que las acciones en la economía nueva iban a comportarse de manera diferente a como lo hacían en la vieja.Resultó que el número de visitantes a un sitio web no era una base tan firme para pronosticar los beneficios de una compañía. Hacía falta algo más próximo a la realidad de cuánto una compañía podía esperar, razonablemente, que aumentara su poder de rentabilidad.La burbuja de las acciones de Internet no fue el fenómeno vacío que la metáfora de la burbuja sugiere. En su centro había importantes adelantos en tecnología y productividad. Aun así, los precios que se asignaron a numerosas acciones no podían sostenerse. Entre ellos y el valor en su propósito original, había demasiado espacio vacío.
El autor es columnista de Bloomberg
