VALOR RAZONABLE

¿Hasta cuándo, Janet?

Los Estados modernos han optado, con la excepción de Panamá, Mónaco y Andorra, por centralizar sus decisiones de política monetaria en un ente que funge de “banco de bancos”: el banco central.

Ser banquero central no es fácil. Sin embargo, algunos logran hacerlo mucho más complicado de lo que debería ser.

Janet Yellen, la decimoquinta presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos, es uno de esos curiosos, mas no inusuales, casos.

Como cualquier libro de texto sobre el tema expone para beneficio del estudiante de macroeconomía básica, el banquero central debe su influencia a ciertas características de su gestión que, se supone, deben formar parte de la descripción funcional de su cargo: independencia, transparencia, credibilidad.

Para alcanzar la credibilidad, el librito que debería venir cuando se acepta el puesto, recomienda dos cosas (esto me recuerda a Mervyn King, Lord King of Lothbury, el antiguo jefe del Banco de Inglaterra, en un magnífico discurso que hiciera sobre el tema hace algunos años): Se hace lo que se dice que se va a hacer o, en su defecto, se hace algo inesperado, la proverbial terapia de shock. En ambos casos, en resumen, se hace algo.

Janet Yellen ha tratado de llevar su gestión por un tercer camino: no se hace y se dice que se podría hacer, quizá, puede ser, quién sabe, dependiendo de la data que le vaya llegando. Es banca central en su modo pasivo, la timidez como herramienta de política monetaria, un pequeño aumento de tasas ahora y otro después; y los mercados financieros han aprendido, muy cortésmente, a no creerle.

La señora Yellen recibió a la Reserva Federal en 2014 con un mandato no escrito, pero razonablemente claro, de comenzar a desmontar el océano de liquidez que su antecesor, Ben Bernanke, había creado para evitar (en teoría) una Gran Depresión después de la Gran Recesión.

En su lugar, ella se ha dedicado a esperar los números mágicos que, milagrosamente, le darán la señal de comenzar esa hercúlea y peligrosa labor. Una labor que requiere un coraje intelectual que durante tres años y medio he notado ausente en sus acciones y declaraciones. Ya a su nombramiento le queda medio año y el presidente Donald Trump no ha dado señales de que podría renominarla. Si ese es el caso, y Trump decide decantarse por otro nombre, es posible que tengamos la oportunidad de ver a alguien intentar cumplir con el mandato histórico de tan alto cargo… con cuatro años de retraso.


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