IDEAS DE LIDERAZGO

Juzgar, cuando el ego se disfraza de intelectual

OPINIÓN

Una de nuestras capacidades mentales más usadas es el juzgar. Como nuestro cerebro quiere maximizar nuestros beneficios y minimizar nuestros peligros, usamos el juzgar como herramienta para cumplir este objetivo. Juzgamos en el trabajo, cuando decidimos tomar un curso de acción u otro. Juzgamos en nuestras relaciones interpersonales, cuando identificamos quiénes son amigos y quiénes enemigos. Juzgamos las intenciones de las personas, juzgamos todo el tiempo para ver si nos acercamos al estímulo o nos alejamos de él.

El problema es cuando el ego se disfraza de intelectual y empieza a usar el juzgar para “inflarse”. Por ejemplo, imagine que usted va a una reunión social con su pareja. A la salida de la reunión se genera el siguiente diálogo con ella:

- ¿Qué te pareció Enrique? (Una pregunta inocente, pero que lleva una intención inconsciente nada inocente).

- Me pareció buena gente, responde la esposa.

- A mí me parece que es una persona un poco “sobrada”, arrogante y que todo el tiempo habla en monólogos. (Se ve el ego usando el juzgar).

- Sí, tienes razón -comenta la esposa- además un poco petulante. (Ya se “enganchó” con su propio ego).

Es posible que Enrique sea una persona un poco “sobrada”, arrogante, que habla en monólogos, pero es importante preguntarnos: ¿Qué ganamos nosotros juzgando negativamente a Enrique? No estamos evaluando si contratamos o no a Enrique para un puesto, no estamos recomendando a Enrique a nadie en particular, entonces, ¿qué ganamos?

Realmente quien tiene una gran rentabilidad es nuestro ego. Al hablar mal de Enrique, al decir que Enrique es arrogante, “sobrado” o ensimismado estamos indirectamente diciendo que nosotros somos mejores. Qué bien se siente cuando “rajamos” o “pelamos” (“rajar” en Chile), pues nos sentimos superiores, mejores y hasta nos da un toque de sabios, pues si podemos juzgar es porque somos lo suficientemente “inteligentes” para darnos cuenta.

El problema es que nos llenamos de mala vibra. Porque “rajar” o “pelar” es como un bumerán, que cuando lo lanzas se siente bien, pero después puede regresarte y golpearte en la cabeza. En primer lugar, “rajar” o “pelar” nos hace prestar atención a lo negativo en las personas, ver el lado oscuro y resaltarlo quitándonos felicidad. Una de las estrategias comprobadas para aumentar la felicidad es prestarle atención a lo positivo en la vida, a lo bueno que nos pasa.

En segundo lugar, al final de hablar mal de alguien nuestra conciencia no se siente bien, finalmente estamos haciendo el mal a una persona, aunque sean solo palabras.

Mi consejo es que si tiene que juzgar porque su trabajo lo necesita, hágalo en buena forma. De otro lado, en lugar de juzgar, intente más bien ver las cualidades positivas de la persona y no deje que su ego disfrazado de intelectual lo manipule.

Cuentan que una señora vivía viendo a sus vecinos por la ventana. Todo el tiempo los miraba y comentaba lo sucios y descuidados que eran. Un día vino una amiga a su casa y la señora aprovechó para llevarla a su ventana y mostrarle a sus asquerosos vecinos. Cuando la amiga vio por la ventana, se dio cuenta que ésta estaba sucia. Rápidamente la limpió con un trapo y le dijo a la señora: “Tus vecinos no son los sucios, es tu propia ventana la que estaba manchada de tierra”. La señora vio por el vidrio que ahora estaba limpio y todo se veía impecable. La amiga le dijo: “La próxima vez, antes de hablar mal, limpia tu ventana”.

El mismo consejo sirve para nosotros: limpiemos nuestras propias ventanas y no dejemos que la suciedad del ego nos haga ver lo negativo en los demás.

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