Esta nación tiene origen milenario. Sus primeros indicios, referencias de fenicios asentados en la costa norte de África, hace 30 siglos. Tribus nómadas diversas cruzaron la región por siglos sin establecerse, hasta que el país fue ocupado y anexado por los romanos.
Los árabes aparecieron en el siglo VII y diseminaron el islamismo entre las tribus encontradas. En el siglo XIX ingleses, franceses y españoles invadieron Marruecos para expandir sus respectivas colonias y en 1906 establecieron protectorados que existieron hasta finales de los años cincuenta. En 1999, al subir Mohamed VI al trono, inicia la modernización del reino apoyándose en asesores extranjeros.
Aplauso internacional recibió su liberación de la mujer. Ellas ahora utilizan toda clase de vestimentas y estudian libremente, e inclusive participan en política.
Marruecos tiene varias ciudades importantes, siendo Casablanca la más conocida, probablemente por la famosa película que lleva su nombre, es ciudad costera. Fez es importante, pero Marrakech seduce por su moderno desarrollo. El país ya es visitado por cinco millones o seis millones de personas al año.
Al llegar a Marrakech a su moderno y hermoso aeropuerto, llamó poderosamente mi atención, la profusión de banderas rojas que indicaban la visita del rey Mohamed VI, quien la visitaba ese día. Inicialmente pasó por mi mente la posibilidad de que cierto orate suramericano estuviera siendo esperado, lo que afortunadamente no fue así.
Marrakech es una ciudad dividida en dos secciones diferentes e interesantes. Por una parte la Medina, ciudad envuelta por murallas levantadas de adobe, lo que le dio una imagen irreal de fortaleza, nada real. En esta área se encuentran vías de todo tipo. Algunas son avenidas con mucho movimiento de autos y autobuses modernos, en calles con semáforos y respeto por Don Peatón; otras vías muestran una lucha continua entre peatones, bicicletas, motocicletas, carruajes conducidos por burros, algunos por caballos, autobuses, autos y vendedores que se juegan la vida. Existen por último, callejones muy estrechos donde priman los peatones y las motocicletas que aparecen inesperadamente. En algunos de esos callejones, donde nos llevó un guía, existen pequeños mercados que forman diariamente vendedores que ofrecen sus productos, sin la menor preocupación por las moscas que pululan.
Un espectáculo que admira a todo visitante es la gran plaza Jemaa-el-Fna, enorme e increíble espacio donde se encuentra de todo, desde quienes hipnotizan serpientes con flautas, ofrecen comidas variadas cocinadas allí, o anuncian zumo de ricas naranjas y luego el inmenso bazar donde quienes regatean, encuentran su paraíso. Como en toda ciudad árabe resaltan las mezquitas, palacios, todo adornado con bellas puertas y balcones, flores. Coexisten dos tipos de taxis: uno grande Mercedes Benz donde transportan hasta siete pasajeros. Otro chico, de tres espacios, exclusivo.
La parte moderna es hermosa, sobre la base de grandes avenidas, llenas de árboles, con grandes y exuberantes parques cuidadosamente conservados, todo absolutamente pulcro. Una exuberancia de verde, que le voy a pedir al niño Dios para mi necesitado país. Un autobús turístico me permitió conocer y disfrutar toda la parte nueva y fotografiarla.
Nuestro alojamiento era en uno de los riad de la Medina, casas de sultanes o personajes muy ricos, con cinco a veinte habitaciones de lujo, organizadas alrededor de uno o varios patios. Un ambiente único, irrepetible, donde se ofrece un dedicado trato individual y una cocina insuperable. Una experiencia única, recomendable.
La imagen que conservo es de una ciudad color marrón, única, exótica, dinámica, en preocupante contraste entre riqueza ostentosa y pobreza innegable.