El presidente Donald Trump firmó ayer su primer proyecto de ley importante: el plan de gastos de más de un millón de millones de dólares que financia las operaciones del Gobierno federal hasta septiembre.
Las dos cámaras del Congreso dieron luz verde al proyecto esta semana y Trump lo firmó a puerta cerrada en su casa de Nueva Jersey, muy por delante de la medianoche del viernes, cuando empezarían a cerrarse algunas operaciones gubernamentales si no se contaba con presupuesto.
Sin embargo, siguen vivas otras batallas por el gasto del Gobierno. Entre ellas están los planes del mandatario de erigir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México para disuadir a la inmigración ilegal, así como un prometido reforzamiento de la capacidad militar del país.
La Casa Blanca y sus aliados republicanos elogiaron el hecho de que Trump haya conseguido $15 mil millones en gastos adicionales del Pentágono y $1.5 millón de millones en gastos de emergencia para seguridad fronteriza.
EL PENTÁGONO SALE INTACTO
En un tren de acontecimientos que no debería sorprender a nadie, el Pentágono ha salido intacto del proyecto de presupuesto del Congreso. El único costo de la victoria es la credibilidad del Departamento de Defensa.
El Pentágono recibió $15 mil millones adicionales en el proyecto de gasto que mantendrá al Gobierno funcionando hasta septiembre.
Para ponerlo en perspectiva, eso es 1.5% del fondo de alrededor de $1 millón de millones que financia al Pentágono y el resto de la defensa nacional.
Parte del discurso de diferentes líderes de las Fuerzas Armadas y miembros del Congreso, empero, parecía sugerir que nada menos que el futuro del Ejército de Estados Unidos se jugaba en ese 1.5%.
Generales de alto rango y miembros de los comités de los servicios armados de la Cámara de Representantes y del Senado han estado hablando de una “crisis de preparación”, advirtiendo que, al cabo de 16 años de lucha, tanto los soldados como los equipos que usan se encuentran en condiciones gravemente inadecuadas para enfrentar potenciales amenazas de China o Rusia.
Es siempre fácil escoger selectivamente ejemplos para respaldar tales aseveraciones exageradas.
Por lo pronto, un almirante de la Marina testificó que casi dos tercios de la flota de cazas F/A-18 Hornet y Super Hornet de la Marina no están en condición de combate. Esto ignora convenientemente que las fuerzas armadas desde hace tiempo han pretendido descontinuar el Hornet, y que el Pentágono en 2015 pidió al Congreso que omita $1,150 millones en financiación planeada para el Super Hornet, más moderno.
Sí, la planificación inapropiada puede haber creado un déficit temporal de aviones activos, pero hay una abundancia de otros cazas activos en el Ejército. Un poco de perspectiva —y un poco de historia— muestra que el gasto militar es de aproximadamente lo que debería ser. Ajustado a la inflación, el gasto es relativamente alto.
Si bien está muy por debajo de los niveles de la guerra fría como proporción del producto interno bruto, Estados Unidos aún gasta mucho más en su Ejército, sobre una base anual, que los próximos ocho países juntos.
Más de $100 mil millones al año se destinan a la adquisición de aviones, naves, armas y demás.
Y si bien las guerras en Afganistán e Irak en verdad han afectado a los hombres y mujeres uniformados y el armamento del cual dependen, también está generalmente aceptado que Estados Unidos no ha tenido tantos soldados experimentados con quienes contar desde la Segunda Guerra Mundial.
Según el general del Ejército retirado David Petraeus, los puntajes de calificación típicos de nuevos reclutas están en promedio más altos de lo que estaban en las décadas de 1980 y 1990.
Al cabo, tropas bien adiestradas son la medida definitiva de preparación. Hay una abundancia de asuntos militares contenciosos que vale la pena debatir: ¿hasta qué punto la investigación y desarrollo de equipo de alta tecnología, como drones y submarinos a control remoto, deberían restar dinero a equipos más tradicionales? ¿Qué hará falta para crear un servicio efectivo de ciberguerra? Hay también algunas crisis menores reales, como una escasez de pilotos calificados de la fuerza aérea.
