OPINIÓN IDesarrollo sostenible, crecimiento equilibrado, progreso y conservación... frases que repetimos a diario a través de escritos, publicaciones y medios de comunicación.Hoy resuenan huecas y trilladas; palidecen ante la imponencia de un tipo de auge que se nos pretende vender como bienestar para todos.Se rellenan de concreto los manglares, parcelan playas, atraviesan islas con canales artificiales para que los "nuevos dueños" puedan llegar con sus lanchas privadas a su nuevo hogar. Se destruyen bosques porque "el desarrollo lo amerita" y como si fuera poco, por nada, cedemos nuestros delfines a una empresa extranjera para que lucre con su cautiverio.Todos estos actos pueden ser legales, porque para ello contamos con un afinado engranaje que se encarga de legalizar lo ilegal, exceptuar lo irregular y oficializar lo informal porque la industria turística así lo requiere.
Panamá representa la "Casablanca" del siglo XXI, en donde el mundo ha puesto sus ojos, porque ha encontrado, en medio de guerras, desastres naturales, atentados internacionales, un solaz de verdor, paz y sosiego.Un oasis maravilloso, pero tan volátil como su imagen proyectada en el desierto.No podemos despojarnos de nuestros más valiosos recursos, para que otros dispongan de ellos según sus buenas o no tan buenas intenciones.
Es hora de que el Estado juegue el papel protagónico que le corresponde, éste no consiste solo en empezar carreteras, entregar concesiones o llamar a licitaciones cuyos productos terminados se perfilan para el 2009. Se trata de regular, administrar y, sobre todo, garantizar el mayor beneficio colectivo sobre el particular y que las futuras generaciones puedan aprovechar y tengan acceso a lo que hoy –aceleradamente– estamos perdiendo.El turismo es una excelente industria, pero solo si es sostenible a largo plazo. Atraigamos al turista para que venga, disfrute, gaste y regrese, pero no permitamos que esta acogida implique la pérdida de nuestro tesoro natural irreversiblemente.
La autora es arquitecta y ambientalista
