OPINIÓN.
En 1976, el Concorde, símbolo del lujo, inició una de sus primeras rutas regulares volando París-Caracas. En 2014, en la misma Caracas, encontrar azúcar es casi imposible. Evidentemente, algo muy malo sucedió en el corto trayecto de una generación. Sería útil intentar un bosquejo de las raíces de la ruina.
La de Venezuela es una tragedia latinoamericana que se ha visto en diversas épocas y países, con distintos rostros que le dan una decoración distinta, pero el drama que observamos es el mismo, equiparable a la original hecatombe peronista en la Argentina o al priísmo mexicano más ácido de los años de 1970.
Venezuela sufre el estigma de la debilidad institucional, que es la forma predilecta de suicidio colectivo del latinoamericano, generada por la resistencia enconada de nuestras sociedades a negociar su funcionamiento mediante la aplicación razonable de reglas sensibles de convivencia (“Leyes”). Ese problema secular, como la ludopatía, quizás lo heredamos de los españoles que, en su defensa sea dicho, a cambio nos concedieron una civilización de increíble belleza.
Como tantos han observado en el pasado (Jefferson, por ejemplo), el poder político atrae regularmente a seres nefastos, ya que hacer política es en buena medida el ejercicio de disponer de los recursos y derechos de otros, algo que no es usualmente la vocación original de los hombres de bien. Sin embargo, la política no es ni buena ni mala: es necesaria, pero cuando las reglas del juego no se siguen, tenemos un espacio político arbitrario donde prevalecerán los de menos escrúpulos y de ideas más pobres.
En términos históricos, la “Revolución Bolivariana” no me impresiona. No tiene nada de revolucionaria ni de fondo ni de forma. No es más que la enésima encarnación del hijo bastardo de la debilidad institucional, el populismo, y su mellizo siniestro, el patronazgo político. Sin contención efectiva, los peores han llegado y se han mantenido en el poder repartiendo los recursos públicos a cambio de apoyo; fórmula esta que ha sido perfeccionada por 200 años en Latinoamérica. Ante una oposición política de inmadurez casi tan aberrante como la línea oficial del régimen, solo queda esperar que la “Revolución” se consuma en la lógica insostenible que la alimenta, que solo puede ser mantenida mediante la inyección masiva y antieconómica de recursos de obtención fácil, lo que en Venezuela es posible por el petróleo. Es cuestión de tiempo.
Panamá en 2014 es, en muchos sentidos, Venezuela en 1976: optimista y en crecimiento, con asomos de miopía. Nuestro trabajo, para aquellos que queremos a esta generosa lengua de tierra entre dos mares, es no repetir los mismos errores. Reforzar las instituciones es paso necesario para mejorar el capital humano y abordar el delicado tema de la marginalización del interior de la República, por ejemplo, que son asuntos fundamentales a resolver para que Panamá se convierta en algo más que una “moda”. No hay opción, porque la alternativa inexorable es que, si fracasamos, este 1976 que vivimos se convierta en un 2014 para la inocente generación que nos siga.