Esta semana el país despertó con una noticia desagradable: ‘el río Cárdenas, en Clayton, está lleno de materia fecal’, decía un titular. ¿En Clayton? ¡Pero si es una zona metropolitana! ¡Está súper desarrollada! ¿Qué ha pasado?
Resulta que los ríos Mocambo y Cárdenas se han convertido en el vertedero de los residuos de muchos de los residentes del área… y quizás el problema no sea tan prominente ahora que estamos en temporada seca, pero cuando lleguemos a la temporada de lluvias, esos ríos crecerán y aquellos cuerpos de agua con kilómetros de carga fecal irán a una velocidad más marcada hacia su desembocadura, en Miraflores.
Uno de los que intenta solucionar el problema es José Ignacio Noriega, quien fue llamado por el Ministerio de Ambiente para ver qué se podía hacer. Aunque es abogado, tiene una especialización en biorremediación, un proceso que utiliza enzimas con nutrientes para paliar los efectos de la contaminación del agua y regresar al estado natural del medio ambiente.
¿QUIÉN?
Noriega, de 30 años, estudió derecho y se involucró en el mundo marítimo porque una tía suya, Iria Barrancos, llegó a ser juez suplente en el Primer Tribunal Marítimo. Con ella practicó y estuvo bajo su tutela durante cinco arduos años, donde aprendió el funcionamiento, el papeleo, los reclamos y los PNI clubs o figuras de protección e indemnización de los barcos.
“Son clubes que surgen a razón de las primas que pagan los barcos como pólizas para operar”, explica Noriega. Puesto de una manera más sencilla, “los propietarios de buques se reunieron para ver cuánto gastaban al año en pólizas y decidieron hacer un fondo en común para beneficiar solo a sus miembros”, agregó.
¿Cuál es el riesgo? Si se instala un proceso y se demanda a la nave, entra la fianza de un PNI.
Con el tiempo, Noriega comenzó a comprender cómo funcionaba el tema de los derrames y cómo entraba en juego un proceso de protección e indemnización del buque.
Para 2015, él había visto y estudiado casos a nivel mundial como local de procesos, papeles, de Taboga, Puerto Armuelles, el golfo de México… y explica que aunque Panamá no tiene refinerías, sí tenemos el paso latente de buques ininterrumpido.
“De hecho, el departamento de contingencia del Canal de Panamá es la empresa de contingencia más grande que conozco”, observa Noriega.
En septiembre de 2015 conoció al gerente de Environmental Operation Management (EOM), quien le ofreció hacerse cargo en Centro América como radio de operación, una oportunidad que Noriega calculó sería el siguiente paso, “ahora estaría en el campo”.
PRIMEROS PASOS
Noriega practica paintball desde que tenía 13 años y desde 2008 forma parte del equipo Piratas, que representa a Panamá en el extranjero. De esa forma ha viajado a Estados Unidos, Guatemala, Colombia, Costa Rica y muchos otros países.
Estando en Colombia conoció al que sería su futuro socio.
El primer trabajo que Noriega hizo en el campo fue trabajar en conjunto con Ocean Pollution Control (que tiene más de 19 años de experiencia) y desde entonces, han sido inseparables. Con él en el equipo de EOM han abierto el rango de servicios que ofrecen para incluir el tema de control de bacterias, de control sanitario alimenticio, además de los hidrocarburos.
“El sistema que hemos desarrollado tiene la capacidad de romper la estructura molecular de elementos a base de carburos. Te encuentras lixiviados, residuo que se genera de la basura, residuos orgánicos que son carbohidratos, residuos fecales, el cianuro en la minera, la lactosa...”, explica Noriega.
Resulta que hay muchos compuestos que en su enlace molecular, están compuestos por hidrocarburos. Son tóxicos. Al romper el enlace y separar ambos compuestos, queda el hidrógeno, que es agua y no es tóxico para el ambiente, y el carbón, que es inerte y comida para las bacterias.
A diferencia de otros sistemas que introducen un cuerpo ajeno al ambiente donde deben esperar que crezca para que prolifere y empiece a ‘comer’ lo tóxico – un proceso que puede tardar hasta seis meses-, Noriega con EOM simplifica el trabajo introduciendo una enzima que es un sulfactante, “que tiene la capacidad de romper una estructura”, agrega Noriega, y un nutriente, “estimula las bacterias para que se desarrollen más rápido y coman el residuo”.
La tercera fase, que es un valor agregado, “esa bacteria va a digerir ese residuo y lo transforma en dióxido de carbono. No tiene que disponer de un residuo final”, afirma.
VUELTAS DE LA VIDA
Si escucha a Noriega hablando, pensará que tiene experiencia y manejo en el tema químico, pero la realidad es que todo lo ha ido aprendiendo sobre la marcha. Con el caso de la salmonella, por ejemplo, trabaja en conjunto con Arcia Avícola y para evitar una proliferación que causa un desastre, sabe que el ph de las bacterias no debe medir entre 6.1 y 6.6.
“El sistema no mata la bacteria, pero cambia la característica del residuo y lo que era tóxico era el enlace, que ya no tiene. No habrá condición de putrefacción”, señala Noriega.
El producto que él brinda al mercado se debe diluir en agua dulce o agua salada natural. En el caso del agua de la pluma, “no sirve, porque se sometió a un proceso de clorificación”, comenta.
Desde el momento en que riega un cuerpo de agua contaminado con su producto, comienza a ver los resultados y en 45 minutos, las muestras de laboratorio indican diferentes niveles del ph, de aceites y grasas y del DQO, por ejemplo.
DOMÉSTICO
Hay muchos productos en el mercado que son desengrasantes y cumplen su función de limpieza, para fines estéticos, etc. “Pero hay que ser más conscientes”, advierte Noriega, “si aquel químico te irrita la piel, qué te hace pensar que hará cuando caiga al mar?”.
“No hay una varita mágica en el tema de los derrames. El recurso humano es lo que va a valer”, reflexiona Noriega.
