Este año se publicó el informe El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo, por parte de cinco organizaciones de las Naciones Unidas, incluida la FAO. El estudio presenta numerosos resultados y análisis en diversas dimensiones, pero el mensaje es uno: tras una larga tendencia a la baja en los niveles de hambre en el mundo, hoy estamos en retroceso.
Se estima que 815 millones de personas sufren hambre, lo que corresponde a un alza de 38 millones respecto al año anterior. Esto es inaceptable, en especial si recordamos que hace solo dos años, los países asumieron una meta central de los objetivos de desarrollo sostenible: eliminar el hambre del planeta a 2030.
Complementando este informe, se publicó el Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina (AL) y el Caribe 2017, que concluye de la misma manera que en nuestra región también estamos perdiendo terreno en la batalla contra el hambre. Comparando con la última medición, 2.4 millones de personas han caído en condición de subalimentación. En total, 43 millones de individuos en AL y el Caribe sufren el flagelo del hambre. Ante este panorama, ¿cuáles deben ser las estrategias para que a 2030 podamos declarar a la región libre de hambre? En países que aún cuentan con un alto porcentaje de su población con hambre, es necesario desplegar una estrategia amplia y transversal, que cubra cada rincón de sus sociedades. El plan de seguridad alimentaria y nutricional de la Celac o el Programa Mesoamérica sin Hambre, contiene propuestas basadas en las mejores y más exitosas experiencias regionales. En países que ya tienen la meta a la vista, la estrategia básica que ha funcionado en décadas anteriores, debe ser ajustada.