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ANÁLISIS

La persistencia de la voluntad

Colombia le cerró la puerta a la ZLC. Panamá intentó negociar por vía bilateral y hasta amenazó con aplicar una retorsión.

La persistencia de la voluntad
Panamá y Colombia mantienen una disputa comercial por el aumento de aranceles a los calzados y los textiles provenientes de la Zona Libre de Colón. Archivo

Triunfó la diplomacia colombiana. Por dos décadas Colombia ha querido que Panamá le entregara la información financiera de las empresas y personas, del vecino país, que hacen negocios en nuestro suelo. Desde hace algún tiempo Panamá comparte esta información a requerimiento, para algunos ciudadanos de ese país, pero a partir de septiembre próximo, el intercambio será automático para todos los colombianos que hacen negocios aquí.

Históricamente, el suave “no” de los panameños fue tomado como un mero trámite burocrático que había que superar. En el camino, Colombia le cerró la puerta a la Zona Libre de Colón. Panamá intentó negociar por vía bilateral, y hasta amenazó con aplicar una retorsión imaginaria pero nada pasó. Como país fuimos a la Organización Mundial de Comercio (OMC), y ganamos dos casos. Colombia le sacó la lengua a la OMC, pero nadie los puso en ninguna lista.

Por su parte, Panamá tiene que alimentar y alojar a más de mil 200 privados de libertad colombianos, que el país de su pasaporte se niega a recibir, negándole los derechos humanos a sus propios ciudadanos. Colombia ha resuelto su problema de migrantes extracontinentales traspasándoselos a Panamá, para que SENAFRONT y los impuestos de los panameños hagan por los extracontinentales, lo que Colombia no hace. El negocio de los coyotes sigue estando del otro lado de la frontera.

Ni hablar del tema del narcotráfico, el buen Juan Manuel Santos compró su Nobel a costa de un proceso de paz prematuro, y de hacerse de la vista gorda sobre el gigantesco aumento de la producción de cocaína, en las pacificadas tierras colombianas. El SENAN debe gastar millones de dólares atajando las lanchas rápidas, submarinos y uno que otro avión para capturar grandes embarques, y confiscar los caletos de toneladas de drogas que nuestro vecino deja que se produzcan en su territorio.

Un buen día Juan Manuel Santos anunció que Colombia quería ser miembro de la Otan, tal declaración provocó risa y sarcasmo, pero sirvió para ocultar la otra solicitud de Santos, la de entrar en la OCDE. Colombia no tenía nada que ofrecerle a la OCDE y no cumple estrictamente con los parámetros de la gran mayoría de los otros miembros, tales como alto desarrollo humano, ingreso per capita, y demás. Colombia entró a la OCDE sacrificando a Panamá.

No es culpa de Colombia que la OCDE, la GAFI y la Unión Europea nos pongan en una lista tras otra. Ese es el resultado de unas relaciones diplomáticas que históricamente han sido manejadas como una finca particular, en la que algunos afortunados, donantes de campaña, serán embajadores o cónsules de marina mercante; otros cargos de igual importancia irán a parar a familiares de los gobernantes de turno, quizás premios de consolación por fracasos maritales o derrotas electorales. Con una diplomacia así, en la que aquellos que saben, solo pueden aspirar a ser primeros secretarios o ministros consejeros, Panamá quedó rehén de la politiquería criolla.

Intercambio de información

Panamá ha firmado más de 70 acuerdos con países con los cuales intercambia información financiera de manera automática. No obstante, Colombia no figuraba en el listado de naciones.

Vez tras vez, Panamá fue sorprendida con listas porque nuestros diplomáticos no estaban pendiente de lo que pasaba, o porque los miembros del gabinete del gobierno de turno, tenían serios conflictos de intereses. Así, las relaciones exteriores eran otra fuente de negocio para la firma, el banco o la licorera.

Colombia fue persistente, ya que por dos décadas Pastrana, Uribe, Santos y Duque mantuvieron la presión. Ese país y sus gobernantes persiguieron bilateralmente y en foros multilaterales su propósito de aumentar sus ingresos sin hacer una reforma fiscal. Los más ávidos de sus ciudadanos seguramente se marcharán de Panamá hacia otras jurisdicciones, para buscar la comodidad de sistemas financieros más amistosos. En cambio, Panamá sigue teniendo una Zona Libre en crisis, un problema de migración prestado, el regalo del narcotráfico y la negativa a la repatriación de más de mil ciudadanos colombianos.

Una de las imposiciones de Omar Torrijos a su Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos fue el Tratado de Montería. Por este acuerdo diplomático, Panamá le cede a Colombia el derecho a que su marina de guerra pase gratis por el Canal de Panamá. No es mucha cosa, pero podríamos empezar denunciando ese Tratado para terminar ese privilegio. También se debería ascender a cargos de importancia a más diplomáticos de carrera. Serviría muchísimo purgar las embajadas del nepotismo y de los nombramientos por palanca. El precio que hemos pagado por esto ha sido demasiado alto.


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