VALOR RAZONABLE

Se busca un nuevo país

A todos los haters, no hay mejor país que este; el que llamamos nuestro Panamá. Punto. O por lo menos esa es la posición del actual gobierno y de otros analistas. Desde principios de febrero hemos recibido la ratificación de buenas noticias en el entorno económico: Panamá es el país de la región con mejor proyección de crecimiento para los próximos años, lo que garantizará estabilidad social para sus ciudadanos. ¿O no? Por otro lado, las calificadoras de riesgo han confirmado el grado de inversión con perspectiva estable para un país que ha estado en boca del mundo entero por falta de transparencia en su cotidianidad corporativa, gracias a empresarios acusados de lavado de dinero, bancos intervenidos por el ente regulador y la enigmática presencia de una compañía de construcción brasileña que ha reconocido el desarrollo de un modelo de negocio que haría a Al Capone sentirse orgulloso. Nuestro Panamá, el del crecimiento económico promedio de 7% por 2 décadas, sigue olvidando al hermano indígena y descansando en una clase media que si bien ha crecido de manera relevante, sigue siendo la que carga con esa recurrente necesidad de transferencias monetarias (subsidios) que un alto porcentaje de la población recibe.

Pero seguimos creciendo, y eso está bien, y seguimos fallando en lo básico, en lo elemental. Lo que me transporta a 1979 y mi urgente necesidad de tener al figurín R2-D2, robot miniatura de la película “La Guerra de las Galaxias” que vendían en el Supermercado Lux de Calidonia. Ante mi incansable grito de urgencia por llevar a casa este juguete, mi madre se limitaba a indicarme los porqués que imposibilitaban la compra: no había ahorrado suficiente, no había hecho algo para merecerlo, no era mi cumpleaños, no había dinero para esos lujos, todas razones de peso para que R2-D2 se quedara en la estantería. Pero nadie entendía mi urgencia por tener, por poseer de manera inmediata y procedí, fríamente a tomar a R2-D2 y deslizarlo al bolsillo derecho de mi pantalón sin que nadie me viera. Al llegar a casa, felizmente, procedí a jugar con R2-D2 porque ya era mío, a pesar de no haber pagado por él. En ese entonces, la disciplina era impartida al son de correa y chancleta y la pregunta: “¿De dónde salió eso?” aún retumba en mi memoria. Lo que siguió fue duro: la caminata de vuelta el Supermercado Lux; el reconocimiento público y devolución de lo robado; la promesa al gerente y al seguridad que más nunca sucedería algo similar; las lágrimas y el llanto desconsolado por la pena; la vergüenza de ser reconocido a los 5 años como un ladrón y la caminata de vuelta a casa con las manos vacías. Lecciones aprendidas tan temprano en un lapso no mayor a 2 horas. Y llegamos entonces a 2017 cuando las palabras reconciliación e impunidad se equiparan y se usan intercambiablemente mientras el ejercicio de la justicia que tanto se anhela se confunde con venganza. ¿Es tan impensable contemplar a panameños que reconozcan su rol en los recientes actos de evidente corrupción? Me refiero específicamente a ciudadanos que nos enseñen una lección en decencia, reconociendo sus fallas, confrontando las consecuencias de sus acciones sin activar las alertas rojas de Interpol, sin que sus nombres aparezcan en reportes internacionales en el mes de junio. Hay un componente que estamos obviando en este crecimiento económico y progreso social: habrá una necesidad de reconciliación y esa reconciliación solo puede ser producto de la verdad y la justicia. Proporciones guardadas, similar al caso de Sudáfrica, después de la administración sensata de justicia deberá evitarse a toda costa una reconciliación barata que descanse en el olvido que se nos viene tan fácil a los panameños. La reconciliación a la cual yo aspiro es una basada en la confesión de los hechos y la edificación sólida de la memoria, donde los actores reconozcan los ultrajes que cometieron a las buenas costumbres. Una de las más palpables amenazas al crecimiento económico robusto al cual estamos acostumbrados no viene ni de desórdenes en finanzas públicas, ni del abuso de la deuda: viene de nuestra entraña, de la inacción, y de la ausencia de búsqueda de un nuevo país donde la decencia, la ética y la moral perduren.


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