El coche eléctrico ha perdido popularidad en el país que fue pionero en la energía renovable. Las ventas en Dinamarca de vehículos eléctricos cargables, que incluyen híbridos que se enchufan, se desplomaron un 60.5% en el primer trimestre del año, en comparación con los primeros tres meses de 2016, según los últimos datos de la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles.
Eso contrasta con un aumento de casi el 80% en la vecina Suecia y un alza promedio de 30% en la Unión Europea. Las cifras sugieren que los vehículos de energía limpia todavía no son lo suficientemente atractivos como para competir sin alguna forma de subsidio.
Dinamarca, un líder global en la energía eólica cuyo propio intento de un coche eléctrico en la década de 1980 fracasó famosamente, solía sentirse cautivada por ellos. Su gente amante de la bicicleta compró 5 mil 298 de ellos en 2015, más del doble de la cantidad vendida ese año en Italia, que tiene una población de más de 10 veces la de Dinamarca.
Sin embargo, resulta que esas cifras fenomenales de ventas tenían tanto que ver con la conveniencia como con las preocupaciones medioambientales: los concesionarios de automóviles eléctricos durante mucho tiempo se ahorraron el impuesto a la importación de 180% que Dinamarca aplica a los vehículos accionados por el tradicional motor de combustión interna.
En el otoño de 2015, el gobierno liderado por los liberales del primer ministro Lars Lokke Rasmussen anunció la eliminación progresiva de las exenciones fiscales para los automóviles eléctricos, citando restricciones presupuestarias y el deseo de nivelar el campo de juego. El nuevo régimen tributario “mató por completo el mercado”, dijo Laerke Flader, jefe de la Danish Electric Car Alliance.
