Desde el 22 de diciembre de 2018, el gobierno federal de Estados Unidos sufre un cierre parcial (shutdown).
La falta de un acuerdo entre el presidente Trump y el Congreso estadounidense para lograr una solución al impasse que permita al Gobierno obtener los fondos necesarios para operar plenamente tiene como piedra de tranque, hasta ahora insalvable, la construcción o no de un muro a erigirse en sectores de la frontera con México.
El ya célebre muro, en su forma propuesta, tendría un costo de unos 5 mil millones de dólares, una nota de pie de página en un presupuesto federal que ya orbita alrededor de los 4 millones de millones de dólares anuales.
Un ítem que representa la octava parte del 1% del presupuesto del Estado y que tiene a demócratas y republicanos en estado de parálisis no es un tema económico. Es un asunto político. De ahí lo difícil que ha sido para ambos lados encontrar cómo vadear el río. Ambos partidos perciben que no ceder en sus respectivas posiciones representa una ventaja política, en particular de cara a las elecciones de 2020.
Para los demócratas, resistirse al muro propuesto por el presidente Trump es, piensa el liderazgo del partido, solidificar su ascendencia sobre sectores críticos de su base electoral: comunidades étnicas, particularmente de origen latino; citadinos liberales y élites globalistas de ambas costas; y sus numerosos adeptos incondicionales en los medios de comunicación y prensa.
Para Trump y los republicanos no ceder en su empeño en la construcción del muro significa, calculan ellos, consolidar el apoyo de parte de una informal, pero muy real, coalición electoral de derecha basada en el sur del país, y de muchos electores que no hacen ruido, la famosa “mayoría silenciosa”, que a la hora de depositar su voto tiende a hacerlo con la aguja hacia la derecha, en un país que es el más conservador y tradicionalista de occidente.
Por lo pronto, el shutdown puede terminar en cualquier momento: durante la redacción de esta nota o puede extenderse por muchas lunas, y ya veremos si el muro se levanta o no, y la historia se encargará de determinar ganadores y perdedores en el juego de espejos y máscaras que constituye la política en Estados Unidos y en cualquier otra parte del mundo. Pero, si este incidente es el prolegómeno de cómo van a funcionar las cosas entre el presidente Trump y un Congreso dividido, los próximos dos años pueden ser bastante volátiles, es decir, entre otras cosas, muy interesantes.
El autor es financista