Dos fuerzas psicológicas actúan sobre las decisiones de inversión: la codicia y el temor. En la primera, pensar que los rendimientos pasados se mantendrán hace que se sobrevalore el precio de los activos, provocando compras de los mismos. En la segunda, intuir que los precios caerán impulsa a los inversionistas a vender estos activos provocando volatilidad y refugiándose en activos de menor riesgo.
Con la reciente propagación del Covid-19, el temor es la fuerza dominante en los mercados. Las ventas han llevado a que el Dow Jones perdiera 21% de su valor entre el 14 de febrero y el 13 de marzo, trayendo como consecuencia que el índice de volatilidad VIX llegara a niveles de 75, lo cual no se había visto desde la crisis de 2008, provocando que los inversionistas busquen refugio en los US Treasury, llevando el rendimiento del bono a 10 años a su nivel más bajo de la historia: 0.50%.
El temor es entendible por dos aristas: a) la psicológica, pues el Covid -19 es un virus desconocido y no hay nada que cause más temor que lo desconocido; y b) la económica, ya que las medidas de contención del virus han impactado en la cadena de suministro, creando consenso de que habrá una disminución de la economía global, concentrándose la discusión en qué tan fuerte y prolongado será ésta.
Con la situación controlada en China, pareciese que esa parte de la cadena está en recuperación y sin daño estructural, pues las fábricas comienzan a producir y los puertos a despachar, dando sustento a los analistas que consideran que la recesión será corta y dará paso a una recuperación más rápida y un regreso de los inversionistas al mercado accionario. Distinto es el caso de la región, que atravesaba una situación complicada y con la aparición de la pandemia se evidencian sus males estructurales: dependencia de las materias primas y falta de ahorro. Con la cotización del petróleo en una banda de $30 el barril, muchas arcas se encuentran disminuidas y con difícil situación fiscal, pues su presupuesto se basó en precios del barril muy por encima.
Además, la falta de ahorros se hace presente en los gobiernos, que, por políticas derrochadoras han llevado a déficits sus balances, con gastos que hoy se ven como innecesarios, superfluos y cortoplacistas, sobre todo cuando estos se requieren para preservar la salud de la población, especialmente en los segmentos más vulnerables. La escasa capacidad de maniobra para obtener recursos a lo interno de sus economías se agrava con la poca viabilidad del endeudamiento externo, pues el riesgo país de la región creció de 308 puntos básicos en diciembre de 2019 hasta 573 el jueves.
La visión cortoplacista de los gobiernos de la región, que tiene un sesgo contra el ahorro y no impulsa la diversificación de nuestras economías, es el virus económico que nos afectará por más tiempo.
El autor es financista.