Vientos de verano en medio de la segunda navidad en pandemia obligan a un alto obligatorio para abrazar lo que nos cuesta aceptar: para bien o para mal la cotidianidad cambió y mientras más rápido lo aceptemos mejor podremos avanzar. Esto poco tiene que ver con la promesa del rayo de luz de esperanza de mejores días o de la machacada omnipotente resiliencia.
Quizás estos dos años sirvieron para dejar atrás lo cuadrado de la programación contenida en el pensamiento económico neoclásico y su premisa básica: la gente tiene preferencias bien definidas y tomamos
decisiones basados en la información que se tenga con la eventual intención de satisfacer esas preferencias.
El mundo cambió cuando Richard Thaler profundizó en el trabajo del irrepetible Daniel Kahneman, adentrándose en esa irracionalidad que reina en algunas de nuestras acciones diarias, permitiendo entonces que la psicología interactuara con la economía dando lugar a la especialización conocida como economía conductual (“behavioural economics”, en inglés).
Con el espíritu navideño aún a flor de piel y enfrentado desafíos macroeconómicos nada menospreciables pareciera que una de las lecciones más elementales de la pandemia aún nos esquiva: nos cuesta medir el verdadero impacto de la solidaridad y de la ejecución de proyectos basados en una colaboración desinteresada que se someta a métricas e indicadores estrictos respetando el enfoque en la programación, en la medición y quizás alejándonos del pensamiento económico tradicional.
Hago la salvedad que compartir no acarrea precondiciones comunistas. La colaboración sensata y bien medida puede ser el camino que nos aleje de abusar irracionalmente de más recursos para apalancarnos y solventar los problemas de educación, seguridad social y salud que nos han aquejado por más de 30 años de vida democrática.
¿Por qué la gente hace lo que hace en lugar de hacer lo que tienen que hacer? Las acciones enmarcadas en presupuestos arcaicos que no consideran la importancia de la colaboración apegada a metas claras como los Objetivos de Desarrollo Sostenibles solo servirán para cumplir con la temporalidad que acarrean promesas electorales o para ponerle un gancho a un mero requerimiento de alguna agencia multilateral para que nos den más préstamos.
El comportamiento racional y colaborativo llama al uso de máscaras en el futuro cercano y a evitar aglomeraciones innecesarias. Abracemos esa realidad sin mayores rabias o miramientos. Uno de los conceptos más llamativos de la economía conductual es el del “empujón amable” o “nudge” , en inglés, que básicamente dice que a veces un suave codazo genera mejores resultados que una amarga imposición o una amenaza agresiva.
Abracemos la importancia de compartir, de colaborar y de aceptar los suaves empujones que implicarán quizás duros sacrificios pero que permitirán el replanteamiento de un modelo económico desfasado y urgido de una revolución amistosa sin que nos vendan falsos anhelos.
El autor es economista
