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Valor Razonable

El yo contra el nosotros

“Solía ser que cuando amanecía me preguntaba con confianza: ¿Qué voy a hacer hoy?”. Así arranca el poeta Hafiz un escrito que data de la mitad del siglo XIV. Después de varias estrofas de cuestionamientos sobre la individualidad, el poeta culmina su ejercicio reconociendo: “Dios, ¿qué podemos hacer por el mundo hoy?”. El alto obligado ha puesto en manifiesto las profundas brechas que existen entre panameños. De no concretar acciones que redefinan el futuro de los pilares de la buena sociedad, pues simplemente no habremos aprendido nada. Pocas veces en la historia de la panameñidad unas mismas palabras habían tenido tan diametralmente opuestas interpretaciones. Y es así como “cuarentena” resulta sinónimo de tiempo de calidad para compartirlo con seres queridos al punto que algunos padres han aprendido a estudiar con sus hijos y otras parejas han empezado a conocerse después de años de convivencia.

Pero la cuarentena ha sido para otros una imposición autoritaria que atenta contra la libertada ciudadana. El concepto de solidaridad ha sido también motivo de división en interpretación: para algunos el desprendimiento material de una parte de lo que les sobra a través de donaciones constituye la mejor acción para sobrevivir este calvario temporal.

Una vez más, esa solidaridad filantrópica es admirable pero quizás se acaba cuando alguna acción impacta negativamente nuestro diario vivir como cuando hay que decidir sobre quiénes deben recibir una educación de calidad y a qué costo. El concepto de solidaridad ha acompañado a actos de sospechosa corrupción que hacen replantear el sentir fraternal de muchos: ¿Cómo atreverse a disponer de $1,100 millones del sistema mixto de jubilación en la Caja de Seguro Social bajo el pretexto del casi criminal llamado a la “solidaridad”?

Hasta hace poco teníamos relativamente clara la definición de moratoria. Sin embargo, ha sido más fácil describir lo que esa palabra no es para llegar a su correcta interpretación: no es exoneración de pagos, no es condonación, no es un regalo de los contribuyentes. Es simplemente un break para reprogramar algunas destructivas conductas que tenían a la apariencia como dios y quizás dedicar algo más de tiempo a lo realmente importante.

Entre tanta evidente división entre los intereses del individuo y el bienestar de la gran mayoría, la actual pandemia nos invita a ser entendedores del menos privilegiado y más exigentes que nunca sobre la rendición de cuentas de nuestros gobernantes pero, por encima de todo, a encontrar un balance entre el yo y el nosotros que nos permita salir adelante fortalecidos sin ningún “nuevo normal” que nos lleve a incurrir en descuidos y errores que deben quedarse en el pasado.

El autor es economista


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