El buque petrolero Paramount Helsinki amarró la semana pasada en Pascagoula, Misisipi, con la savia de la refinería de Chevron Corp., allí: 532 mil barriles de espeso petróleo venezolano.
Su arribo el 23 de julio, cuando la democracia de Venezuela se deslizó hacia lo que podría ser su crisis final, pone de relieve la incómoda asociación en la que ha ingresado el sector petrolero estadounidense con un país que, algunos temen, está avanzando hacia una dictadura.
Desde Nueva Jersey hasta Texas, las compañías petroleras han pasado a depender de Venezuela, país desbordante de petróleo, para alimentar sus enormes refinerías.
Solamente el año pasado, llegaron a las costas estadounidenses más de 270 millones de barriles por valor de $10 mil millones –-suficiente para producir unos 5 mil millones de galones (unos 22 mil litros) de gasolina.
Ahora, ese flujo vital podría agotarse si, como temen los dirigentes del sector, la administración del presidente Donald Trump embarga las importaciones para presionar a su homólogo venezolano, Nicolás Maduro.
La perspectiva de una respuesta estadounidense que recorte el crudo ha sido particularmente inquietante para empresas como Chevron, Phillips 66 y Valero Energy Corp., que han invertido miles de millones calibrando sus plantas para manejar el petróleo cenagoso pero abundante de Venezuela.
“La razón por la que Trump no reaccionó inmediatamente es que hay montones de grupos interesados”, principalmente los refinadores estadounidenses y toda persona que conduce, dijo Sandy Fielden, director de investigación en materias primas en Morningstar Inc., en Chicago. “Muchas partes distintas se verán afectadas”.
Los funcionarios de la Casa Blanca prepararon un menú de posibles sanciones a funcionarios venezolanos, pero están divididos respecto de restringir o no las ventas de crudo.
