La Covid-19 ha evidenciado que en la mayoría de las economías de América Latina los sistemas públicos de salud son precarios y las finanzas públicas frágiles. En la reciente emisión de bonos de El Salvador esta realidad se vio reflejada, ya que la presión por captar recursos para atender los estragos de la pandemia y el deterioro fiscal llevó a establecer la tasa cupón más alta en los últimos tiempos para un bono soberano: 9.5%.
Pese a la alta tasa del cupón, el mercado aún percibe como mayor el riesgo, por lo que no se pudo colocar un remanente de $600 millones. En una economía dolarizada, contar con la peor percepción de riesgo de Centroamérica (excluyendo a Nicaragua) equivale a que la presión sobre las finanzas públicas sea enorme, pues se entra en un espiral vicioso de mayor demanda por recursos, a costos cada vez más altos.
Resulta sorprendente que una economía que en su momento fue la única en la región con grado de inversión, hoy su riesgo país supere los 800 puntos; que en 2002 firmó un acuerdo de integración bursátil con Panamá permitiendo que en esos años los dos principales grupos bancarios cotizasen sus acciones en nuestro mercado y emisores panameños colocaran montos considerables de sus bonos en ese mercado a tasas razonablemente bajas, hoy tenga costos financieros tan altos que limitan la inversión privada; que realizó un ejercicio interesante de privatización de empresas estatales y de fondos de pensión, hoy políticas populistas dominan el debate; que contaba con el mejor tejido empresarial en la región integrado en una visión política partidista, posiblemente única en América Latina y que en la actualidad estén enfrentados en disputas internas.
El deterioro fiscal es resultado del lento crecimiento en lo que va del siglo (2% de promedio), déficit fiscales en promedio del 4% derivados del expansionismo fiscal y políticas económicas poco coherentes y confusas.
Se deben tomar medidas fuertes para restablecer el equilibrio fiscal, pero pensar en un incremento impositivo en estos momentos es iluso, especialmente cuando las remesas han caído y su recuperación estará vinculada a la economía norteamericana. Más viable serían la reestructuración de la deuda, la venta de activos estatales y la primacía de la disciplina fiscal. Para una economía que pudo solventar los efectos de una sangrienta guerra civil el reto fiscal puede ser superado. Para los otros países en la región reflexionar sobre la situación salvadoreña es un ejercicio mandatorio.
El autor es financista