La empresa Panamarket exportará su primer contenedor de piñas hacia Europa a mediados de julio. Pero el sabor dulce del producto que recibirá Holanda o España no es nuevo para los paladares europeos. Tampoco quien la produce ni la tierra donde florece.
Después de cinco años, las piñas que cosecha Ada Pinzón y su familia en Las Yayas, a unos 30 minutos del centro de La Chorrera, regresan a los mercados internacionales a través de Panamarket.
El último contenedor que exportó fue a Rusia en 2012, cuando formaba parte de la Cooperativa de Servicios Múltiples Agroindustrial Panama West (Coopawest).
La cooperativa tenía por ese entonces 12 años de vida, la integraban unos 85 productores, que trabajaban en total cerca de 700 hectáreas, y exportaban entre 12 y 15 contenedores mensuales. Unas 140 mil piñas tipo MD 2, que perfumaban los anaqueles de Estados Unidos, Canadá, España, Italia, Bélgica y Holanda.
El sello de Coopawest era una referencia en Panamá y en el extranjero. El negocio sabía a néctar.
Para llevar la producción a otro nivel, el gremio y demás productores elaboraron en 2001 el proyecto de ley 25, conocido como Ley de Transformación Agropecuaria, que brindaría apoyo administrativo y financiero -no reembolsable- al productor en su proceso de modernización para mejorar la productividad.
El sueño de la cooperativa, dice Pinzón, mientras toma la “guasca” de la piña -hoja superior del fruto- y explica que allí yace su semilla, era tener una planta procesadora y empacadora. De esta manera, los productores no dependerían de quienes proveían este servicio.
“Como no teníamos planta, empezamos a trabajar con diferentes empacadoras del área. Pero siempre pasaba algo distinto: o se dañaba el sello del contenedor o algo se retrasaba”, continúa la productora de 52 años, quien además es la presidenta nacional de la Asociación de Productores de Panamá (Aprodepa).
Entre 2006 y 2007, 12 contenedores de la cooperativa llegaron dañados a distintos mercados en Europa. Cuenta Pinzón que una investigación determinaría que la mercancía fue saboteada en una de las plantas, para que se dañase el producto.
A pesar de lo sucedido, la cooperativa continuó exportando, aunque a menor ritmo. Hasta que seis años después, en 2012, una situación similar ocurrió con el contenedor que enviaron a Rusia. La tensión desanimó a los productores y abandonaron la actividad paulatinamente.
De aquellos 85 productores que llegaron a integrar la cooperativa, hoy prácticamente inactiva, unos 12 permanecen en la zona piñera chorrerana, la más famosa y dulce del país.
“En ese momento, no vi la magnitud del ataque a la cooperativa (...) Sentí que había otros intereses poderosos en este tema de la piña, y había un foco que eliminar: nuestra cooperativa”, subraya Pinzón. “Cada uno decidió ver qué haría. Hasta que en 2012 suspendimos todo”.
COSECHA FAMILIAR
Atrás queda el bullicio del centro de La Chorrera y la quietud de la localidad El Trapichito. Tras dar varios giros, a la izquierda una vía angosta se adentra en el campo chorrerano. Por ella, transitan picops que llevan y traen piñas a montones.
A ambos lados de la vía, las plantaciones de esta fruta simulan un océano verdoso que parece ondular y perderse en el horizonte. La piña es la reina de estas tierras.

Luis Carrasco tiene 18 años, y pela y corta en pedazos una piña recién cosechada con la pericia de un agricultor que peina canas. El cielo está gris plateado y el sol, que brilla cerca del cenit, pica como las moscas que quieren probar de ese néctar que emborracha su vuelo.
Ada, su madre, que cultiva piñas desde hace 20 años, le ha enseñado desde pequeño el valor de cuidar la tierra y las técnicas de la agricultura. Como la de las barreras vivas, que además de evitar el desplazamiento de los suelos sirve para mantener sus nutrientes.
Resulta que uno puede medir el dulzor de una piña con un “brixómetro”: el sabor en números. Esta, la que acaba de cortar Luis, anda en los 11-13 “brix”. Y esa es la cifra panameña óptima para exportación que en un mes y medio probarán los compradores europeos.
A mayor tiempo de siembra, más “brix”, más dulzura. Esta medición puede llegar hasta más de 20. Toma aproximadamente un año para cosechar una piña. Suele suceder en temporadas de poca agua y mucho sol que alguna nazca antes de tiempo.
En los mercados internacionales, el precio de la caja de seis piñas de tamaño mediano varía entre $3.50 - $4, y en un contenedor de 40 pies se despachan unas mil 600.
En unos dos años, Panamarket comenzará a sembrar piñas orgánicas. Para ello, cuenta con una parcela de unas 5 hectáreas -de las 20 en total- libre de químicos desde hace 13 años.
INCENTIVOS Y RELEVO GENERACIONAL
La actividad exportadora siempre ha estado ligada a los productores chorreranos, aunque fluctúe el precio de la piña, a medida que el dólar se aprecia frente al euro. Este factor ha reducido las exportaciones de esta fruta panameña en un 56% entre 2014 y 2016 (ver tabla), pues Europa es uno de sus principales mercados.
Otro factor que apunta Pinzón es que la logística para exportar es cada vez más complicada. Esto, a su vez, ha generado que muchos productores, como ella, miren al mercado local.
Advierte que “quizás es más rentable vender localmente a un supermercado, con la línea de calidad de exportación, y no estresarse tanto con los temas de contenedores, porque es un mundo”.
“Tratar la fruta, la corredera para que no se pase el ‘brix’; los espacios en el puerto, los barcos, contenedores… A veces tenemos espacios reservados y no llegan los contenedores para meterlos en el barco. El mundo de la exportación es bien fuerte”, revela, mientras deposita una piña recién cortada en el motete que su hijo carga en la espalda con el resto de la cosecha.
Luis afirma que ama lo que hace y que nunca se le ocurriría mudarse a la ciudad. Pero muchos jóvenes no piensan igual que él.
La falta del relevo generacional es otro de los factores que ha debilitado la producción agropecuaria.
Su padre, de 62 años y que también se llama Luis, ha trabajado en plantaciones de piña desde los ocho años. Explica que no tiene peones, porque hoy en día los muchachos quieren dinero fácil y aire acondicionado. Y el trabajo en el campo es oneroso y para que el negocio dé réditos puede tomar hasta tres cosechas -tres años-.
Por ello, es importante sembrar de manera escalonada, para mantener ágil la rotación y asegurar cosechas durante todo el año, para satisfacer las demandas de los clientes. Pinzón hace hincapié en que “si los gobiernos valoraran el arduo trabajo del productor, todo lo que hace el campesino para producir, habría más incentivos para la agricultura”.





