No cabe duda, los Estados Unidos como primera potencia económica global ha tenido mejores momentos. El virus y lo que generó ha puesto de relieve visiones de fondo contrastantes en cuanto al modelo económico de la primera superpotencia global. Es el choque natural entre las grandes placas tectónicas de estas diferentes visiones lo que, en la arena política, ofrece el espectáculo a veces engañoso de un país en relativo estado de crisis.
El partido Demócrata, que disfruta de un precario pero muy real “gobierno unificado”, en el cual controla a la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso, es un partido fuertemente dividido entre un ala moderada y más o menos pragmática, y una facción radicalizada que es explícita en su deseo, palabras más palabras menos, de convertir a Estados Unidos en un enorme Estado del Bienestar a la europea. Esto último significa una economía fuertemente regulada por un gobierno federal con una profunda y amplia base fiscal y un poderoso aparato administrativo.
Por otra parte, el partido Republicano tiene sus propias divisiones, entre un “establishment” tradicional que se muestra históricamente cómodo navegando las complejidades de un gobierno federal asertivo y que usualmente controla los puestos claves de la administración del partido, y una base conservadora que se muestra dominante en la base, y que si tiene algo que la unifica es una tremenda hostilidad hacia el poder concentrado en Washington, empezando por el poder económico.
Es a través de este prisma sencillo que podemos ver los grandes debates económicos que están sucediendo en Washington en estos momentos, particularmente el tamaño del Plan de Infraestructura impulsado por el presidente Joe Biden y la regular discusión sobre el techo de la deuda del Gobierno Federal. Debates cuyos resultados tendrán consecuencias importantes para el futuro económico a corto y mediano plazo de la gran nación. Un Plan de Infraestructura más grande y mayor latitud en la capacidad de endeudamiento significarían una aguja que se mueve a la izquierda, con todas sus consecuencias. Un plan de infraestructura menos ambicioso y de alguna manera recuperar el concepto de que ni siquiera Washington debería tener una línea de crédito prácticamente infinita significarían un triunfo para una derecha que por ahora se encuentra en minoría. Estos debates no son sobre puentes en Idaho o los tecnicismos de Treasuries con nuevas características. Es, como todo lo realmente importante, sobre ideas, y, en este caso, sobre una visión de la economía de la nación.
El autor es financista.
