La victoria de los conservadores británicos y de su líder, Boris Johnson, en las elecciones generales del 12 de diciembre, resultado que garantiza la ejecución del brexit, es un freno a la ola globalizadora. No todos quieren estrechar lazos con el extraño. La tribu, en el mejor sentido de la palabra, existe.
Que los mercados globales, y en particular los afectados directamente por este rompimiento definitivo, hayan dado un suspiro de alivio con el resultado era de esperar: el dinero, salvo el que fluye hacia Las Vegas, tiende a huir de la incertidumbre y un resultado electoral tan contundente evaporó mucha de la que flotaba en ambas costas del Canal de La Mancha.
Por lo menos ya sabemos que Londres se divorcia de Bruselas (y de Berlín). No hay reconciliación posible. A partir de un hecho concreto e incuestionable se pueden construir otros mundos posibles; mejores o peores no se sabe, ya eso queda para otro día.
Ya veremos cómo se las arregla Europa sin Londres dentro de su jurisdicción, cuando menos política, siendo Londres la capital financiera indiscutible de aquel lado del Atlántico; y viceversa, cómo Londres se las arregla sin Europa bajo la misma tienda, porque la interdependencia presume dos vías.
Todos aquellos que trabajamos en la industria financiera sabemos lo que significa la capital británica en términos de importancia para el funcionamiento del sistema financiero global. No es sustituible. Tomará tiempo. Y lo que surja del rompimiento no ofrece garantías de que sea tan elegantemente funcional como lo que había antes: un Londres como metafórico, pero muy real, puerto de entrada al capital de un continente.
Finalmente, estas elecciones sugieren que la derecha occidental puede haber encontrado una fórmula para ganar el voto de amplios sectores populares, de clase trabajadora, lo que ya se había vislumbrado incipientemente en 2016 en las elecciones presidenciales estadounidenses: blandir una causa popular y expresarse con un mínimo de sentido común. De ser así, esto sería catastrófico para una izquierda que, en Occidente, está empeñada de forma infantil en ahogarse en un pozo sin fondo de corrección política, libertinaje social y causas perdidas que los hace ininteligibles y odiosos para sectores que antes le brindaban su apoyo político. Al final del día, quizá Trump y Boris no son más que los primeros mensajeros de tiempos que se aproximan y muchos, en sus burbujas, no lo ven venir.
El autor es financista