Hoy por hoy

Hay parlamentos famosos por diversas razones: por la cantidad de miembros, la altura de sus intervenciones, sus fogosos debates y hasta por los imponentes palacios donde sesionan. Pero el triste destino que algunos se empeñan dar al Parlacen, es el de un vehículo de impunidad. Y no uno invisible, sino aquel que opera frente a los impávidos ojos de todos. No importa que su junta directiva decida no juramentar a suplentes incapaces de reemplazar a nadie, ni que los órganos de los partidos que los han llevado allá adopten resoluciones de rechazo. Tampoco tendrá importancia que la Fiscal General de Guatemala haya tenido que echar mano de un amparo de garantías constitucionales para evitar que se le dé un blindaje a dos personas encerradas en una prisión militar, aún si lo hace con la clara advertencia de que ese acto resultaría en “un fraude de ley”, es decir, un inaudito engaño procesal. Esos mal llamados parlamentarios centroamericanos solo parecen estar esperando que la complejidad de la situación haga subir las ofertas a cambio de sus conciencias, para quitarse las circunspectas máscaras de probidad con las que van por ahí y enseñarnos su verdadero yo

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