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Hoy por hoy

En Panamá, las donaciones a los partidos y candidatos políticos en campaña electoral son un negocio, al menos en lo referente a los aportes cuantiosos. Los que pretenden sacar provecho de un nuevo gobierno deben ayudarlo a obtener el poder. Así, sus donaciones son el obligado peaje para tener acceso a la autopista del tráfico de influencias. ¿Cómo se logra recuperar su aporte? Dependiendo del nivel de influencia, un “donante” o “inversionista” puede gestar proyectos de ley a su favor o detener los que le son adversos; acceso a la cartera de inversiones del Estado para lograr obras que se arreglan para favorecerlos; acceso a las altas esferas de poder; nombramientos en el Ministerio Público; la Corte Suprema, incluso en el Ejecutivo y en el Legislativo, en entidades de control fiscal, notarías, consulados y embajadas. Este nivel de influencia es el secreto peor guardado del país, pero nadie hace absolutamente nada. El Tribunal Electoral, en este tema, es invitado de piedra, y el Legislativo busca el oscurantismo. Gracias a nuestra indiferencia, el ejemplo más sombrío de este desdén es Odebrecht: lleva años enlodando la democracia panameña con su dinero sucio. Nos estamos convirtiendo en un país realmente patético.