La pandemia en Panamá está lejos de ser controlada y en gran parte es porque muchos ciudadanos no toman conciencia del peligro que nos rodea. Fiestas, aglomeraciones, incluso, manifestaciones, y nuestro habitual descuido ayudan a masificar el contagio. El asunto no solo concierne a las autoridades –llamadas a poner orden en este caos–, sino a nuestro propio desgano y negligencia. Y ese poco importa del que hacemos gala es responsable de que los contagios se hayan salido de las previsiones; de que el personal de salud esté abatido, incluyendo muertes en sus filas, así como la de muchos otros panameños. Son muchos de estos ciudadanos que propagan el virus los que están en primera fila exigiendo del Gobierno solidaridad, cuando su empatía por el prójimo es vergonzosamente nula. Y esa es la manera fácil de que la economía siga perdiendo batallas, de que el empleo sufra las consecuencias; de que el ingreso de las familias estén mermando cada vez más. Nuestra actitud frente a la pandemia –duele admitirlo– es suicida, y no solo literalmente, sino en muchos otros aspectos que harán cada vez más difícil la recuperación. O cambiamos ahora esa insensible actitud o, sencillamente, no habrá qué salvar de lo que nos queda de país.
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09 dic 2020 - 05:00 AM
