En muchos aspectos, el año que termina nos deja enseñanzas, como el hecho comprobado de que el país tiene un sistema de salud frágil, mal equipado y manejado con criterios políticos. La pandemia ha provocado que salgan a la superficie nuestras más vergonzosas debilidades: desigualdad, avaricia, incompetencia y una falta de humanidad sin precedentes. Otra realidad que salió a flote es que nuestra democracia es una caricatura: derechos ciudadanos pisoteados, falta de transparencia e información pública, la debida rendición de cuentas de los servidores públicos. Mientras, los derechos humanos son violados –sin consecuencias– por las fuerzas de seguridad. En medio de todo, hay miles de muertes por la pandemia y una economía que parece haberse contagiado de la enfermedad. Por eso, en el umbral del año nuevo, los líderes del Gobierno deberían pensar en que la paciencia tiene un límite, y la manifiesta indolencia de muchos funcionarios puede provocar una implosión social. Es hora de un cambio de timón, de rectificar, de preocuparse genuinamente por la gente. Ya está bueno de que unos gocen la pandemia y otros la sufran. Este es el momento de cambiar, después será demasiado tarde.
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31 dic 2020 - 05:02 AM