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Hoy por hoy

Culmina un período más de sesiones de la Asamblea Nacional. Y no podía terminar sin el “lógico” banquete de viandas y bebidas al que se dieron cita los diputados, en el corolario de la triste, opaca e improductiva gestión del presidente actual de este órgano del Estado. Celebrar no es lo que debieron haber hecho, pues nada justifica tanta incompetencia ni la falta de solidaridad humana de las que han hecho gala muchos políticos, incluidos –y especialmente– los llamados “padres de la patria”. Nuestros diputados –sí, nuestros, elegidos por los ciudadanos de este país– son la viva expresión de la vergüenza. Aumentaron la planilla, el presupuesto y presentaron proyectos de ley que eran y son verdaderos disparates, expresiones de un populismo descarado con evidentes fines electorales. De la institucionalidad del país ya queda poco. Es una palabra que desconoce la mayoría de los diputados; de la transparencia, retazos, usados para lustrar sus zapatos; de la rendición de cuentas, un chiste, se la pasan riéndose de ella; de la solidaridad, con la plata que se consiga del Estado, y si no, palabras vacías en el pleno que suenan más a campaña electoral adelantada. Y de autoridad moral, nada. Otros dos años perdidos para el país... pero de ganancias para ellos.