Hoy por hoy

Panamá es parte de una comunidad: la internacional, que tiene sus propias reglas y se rige bajo normas que no necesariamente comparte Panamá. Si nuestro país decide –por acción u omisión– que no está dispuesto a cumplir esas normas, entonces Panamá es aislado del resto de los países con los que hace negocios y mantiene otros tipos de relación. Es decir, es apartado y entra a las llamadas listas grises o negras. Para recuperar sus privilegios como miembro de la comunidad internacional, Panamá debe comprometerse y cumplir sus reglas o sencillamente vivir aislado del resto del mundo. Panamá se decidió por lo primero: se comprometió a cumplir, pero no lo ha hecho y el país ha retornado a una lista gris, ya que ha sido incapaz de concretar una recomendación: contar con un mecanismo para verificar la actualización de la información de los beneficiarios finales de las sociedades anónimas, sean locales u offshore, y que las autoridades competentes puedan tener acceso a esta información para vigilar el blanqueo de capitales y el financiamiento del terrorismo. Como es habitual en Panamá, las promesas –incluso la ley– se incumplen, y eso nos tiene contra la pared, y así seguiremos si el Gobierno sigue con este relajo.

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