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Hoy por hoy

Cientos de personas siguen sufriendo las consecuencias de haber ingerido medicinas producidas por la Caja de Seguro Social contaminadas con dietilenglicol. Esta ha sido una de las peores tragedias médicas del mundo, incluso –por la cantidad de personas envenenadas y por las que han muerto– ha sido mucho peor que la que sufrieron unas cien personas en Estados Unidos en 1938, detonante para la creación de la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos de ese país. Este mes se cumplen 15 años de esta catástrofe, que ha dejado una profunda huella de dolor, a la vez que se ha convertido en un bochorno para nuestro sistema público de salud, que ha tratado a las víctimas de la intoxicación con muy poca empatía. Los pacientes han tenido que pelear con dientes y uñas cada pequeña conquista para recibir tratamiento o una indemnización del Estado. Las autoridades se han olvidado de que tienen una deuda con todas las personas perjudicadas, pero cada año que pasa, el escándalo de 2006 es enterrado bajo el peso de una indiferencia y despreocupación inhumana y por la desvergüenza gubernamental, incapaz de asumir su responsabilidad en este hecho. ¿Este es nuestro Panamá solidario?