Las únicas promesas que cumplen los políticos son las que se hacen a sí mismos cuando deciden candidatizarse. Sus sueños de bienestar para él y los suyos, los carros, las fincas, los viajes, las cuentas bancarias, el lujo, los banquetes, fiestas y cocteles, esas son las promesas que cumplen con apremio militar. Las que hacen a sus electores –con su falsa solemnidad: más educación, más salud, más progreso– esas son solo cuentos de camino o, para ser precisos, falacias de campaña, porque un pueblo educado jamás votaría por la oprobiosa oferta electoral de los partidos existentes; porque un pueblo con bienestar y progreso no aceptaría las migajas de fin de año de los políticos ni ser botella para que puedan robar de la forma en que lo hacen. Un pueblo educado estaría lo suficientemente informado para distinguir entre un charlatán y un verdadero servidor público, pues si algo le sobra a casi todos los gobiernos es la charlatanería, y a este se le ha ido la mano. Panamá es un país con riquezas, pero sumido en la pobreza –moral y material– porque está administrado por una pandilla cuya única y exclusiva prioridad es cumplir su egoísta sueño de ser ricos –así sea robando– e inalcanzables por la ley.
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22 nov 2021 - 05:02 AM
