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El contralor, Gerardo Solís, en su informe de “rendición de cuentas” ante la Asamblea Nacional ha descrito Panamá como un país nórdico, donde la corrupción es un acto excepcional y no de todos los días. Ha cambiado la política de control de la institución por la de “corrección”, o lo que eso signifique. Justificó cada escándalo, incluyendo el de la Lotería, el hospital modular, los excesivos gastos de movilización de alcaldes, hasta la auditoría secreta de Panama Ports Company. Pues bien, a la lista de escándalos que enumeró debe sumar uno más: el de su discurso de justificación de cuentas, y no de rendición de cuentas. No dijo una palabra sobre la auditoría a Pandeportes, en la que se había determinado un perjuicio de más de $13 millones al Estado; no explicó por qué la Contraloría dejó de publicar las planillas de los diputados; no dijo una palabra de la auditoría a los $8 millones que se le otorgaron a la Asamblea Nacional para pagar sus planillas brujas. Su “monólogo”, en resumen, no aportó nada que no sepamos. Y si la Contraloría pudo parar “goles” fue por las alertas que publicaron los medios, esos que menospreció varias veces en su “informe de justificación”, aplaudido por los diputados de gobierno.