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Hoy por hoy

Los últimos informes de rendición de cuentas del vicepresidente de la Republica (que además es ministro de la Presidencia) y del contralor general han dejado un mal sabor. En primer lugar, ¿por qué la Presidencia hace compras que corresponden a otras instituciones especializadas del Estado? Es evidente que se inmiscuye en asuntos que no son de su competencia, pero todos sospechamos por qué lo hace. En el caso del contralor, su papel de control lo ha vendido para complacer a la maleantería del Gobierno. Ha castrado la institución, convirtiéndola en una patética y vergonzosa caricatura. Criticó lo que él consideró como egocentrismo y falta de planificación de su antecesor, pero su propio informe fue un tributo a sí mismo, más que inmerecido, a propósito. Ampliando el horizonte más allá de esos “informes”, la conducción del Gobierno es errática. Las inversiones no responden a un plan ni objetivo, más bien parecen ser las particulares y aisladas necesidades de los amigos del poder, mientras se renuncia al cobro de millones de dólares en impuestos o se edifican proyectos que no solucionan los problemas de las grandes mayorías, lo cual explica por qué siendo un país rico no salimos de la pobreza. Estamos sufriendo la anarquía institucional.