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Manuel Antonio Noriega dijo ayer, sin manifestar arrepentimiento alguno, que él pedía perdón a los que se sintieron ofendidos, afectados, perjudicados o humillados por la dictadura militar que desgobernó este país durante 21 años y que seguramente es la madre de muchos de nuestros males de hoy. Si Noriega pretendía cerrar el capítulo de la oscura era militarista que él mismo dirigió con sangrienta crueldad, ha debido responder por el secuestro y desaparición del padre Héctor Gallego, contar lo que sabe sobre la decapitación del médico Hugo Spadafora o confesar las brutales ejecuciones de militares que se alzaron en su contra en las últimas horas de su tiranía. Pedir perdón es solo parte de un acto de contrición, hace falta genuino arrepentimiento y, con su confesión, finalizar con la inhumana incertidumbre de más de un centenar de familias que sufrieron la desaparición de algún miembro bajo el mando de Omar Torrijos y otros exmilitares. Su “declaración” de ayer no fue más que un mal guión, pero interpretado magistralmente con la soberbia del dictador que fue.

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