La decisión del poder legislativo de Bolivia de avalar una reforma constitucional, que permita al presidente Evo Morales volver a postularse en 2019, confirma una tendencia que no le hace ningún favor a las democracias latinoamericanas. Como una peste, en las últimas dos décadas, la figura de la reelección presidencial -prohibida en las constituciones- se ha fortalecido de tal manera que las instituciones y la democracia la han padecido. El resultado: en una región de más de 600 millones de habitantes solo una casta parece tener derecho a ejercer el poder. El Perú de Fujimori, la Argentina de Menem y los Kirchner, la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa y la Nicaragua de Ortega abrieron la puerta a esta corriente que inexorablemente ha conducido a autoritarismos mesiánicos. En Panamá hemos tenido dos intentos en esa dirección: Ernesto Pérez Balladares en 1998, mediante una propuesta de reforma constitucional, y Ricardo Martinelli en 2014, a través de la postulación de la figura de su esposa. La educación constante en valores democráticos, como vacuna contra estos entuertos, es la asignatura pendiente de nuestra región.