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La indigencia es uno de los males sociales que más golpea a la conciencia ciudadana. Las familias y los programas sociales se ven desbordados por personas con enfermedades mentales, con ciudadanos que han caído en las manos de las adicciones, y otros que tienen que enfrentar su vejez y a la soledad con una vida ambulante. Su vivencia cotidiana consiste en que cada parque es un hogar, cada calle es un comedor, y la carencia total de intimidad es su realidad. Los esfuerzos que emprende el Municipio de Panamá se contrastan desfavorablemente con el tamaño del desafío. Las normas legales no permiten la reclusión forzosa ni existe institución pública que pueda reconstruir familias para recuperar el tiempo perdido por las drogas, los traumas emocionales y cualquier otro motivo que haya ocasionado el desamparo a una persona. Necesitamos nuevas estrategias y mayores recursos para obtener mejores resultados. Como sociedad debemos dejar de pensar en mendigos y drogadictos para considerar a estos ciudadanos como merecedores de terapias y de un esfuerzo de reinserción que les devuelva la dignidad.

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