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Este país se ha vuelto extremadamente tolerante a la corrupción: aquí se vive cotidianamente con ella y la justicia, principalmente, envía claros mensajes de que el delito sí paga, logrando con ello que la plaga se disemine. Como dice el arzobispo metropolitano, no es metiendo a la cárcel a los corruptos –en las que ya quedan unos pocos–, sino erradicando sus raíces. Y estamos muy lejos de alcanzar esa meta. Los rascacielos y la pujante economía de este país son incapaces de esconder ese tufillo que deja la corrupción a su paso. Somos un país tercermundista, en el que la corrupción ha echado raíces profundas, en el que quien clame por una verdadera independencia judicial se le mira mal o como desquiciado. La comunidad internacional está cercando al país, y no porque seamos un dechado de honestidad. O despertamos de este sueño de opio, o nos condenamos a vivir en el ostracismo.

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