Quizás una de las experiencias más increíbles y agradables que le esperan al viajero que visite Guatemala es ir a Chichicastenango, conocido como “Chichi” por los locales.
Llegar toma cerca de tres horas. El camino es en sí parte de la experiencia: se sube a más de 2 mil 400 metros y el paisaje es espectacular.
En uno de los puntos más altos un mirador, al borde de la calle, es una parada obligada para los visitantes. Durante la mañana ofrece una vista, sin comparación, de toda la extensión del gran lago de Atitlán.
Los rayos del sol descienden y se reflejan sobre el agua. A un costado, el poblado de Panajachel se ve pequeño y hermoso, una mitad recibiendo el sol y la otra aún cubierta por la sombra de la montaña. A lo lejos una cordillera de volcanes, imponentes y majestuosos, se divisa entre las nubes.
Tras media hora en carro se encuentra Panajachel. Colorido y lleno de movimiento, las callejuelas de este poblado están colmadas de atractivas tiendas y puntos de venta para el turista amante de las artesanías.
Al seguir en línea recta por la vía principal, pasando además por pintorescos restaurantes, la vista que le espera es única.
El lago de Atitlán, ahora desde una perspectiva cercana, se extiende vasto y majestuoso. A los pocos segundos de haber llegado, tendrá a dos o tres locales ofreciéndole dar un recorrido por el lago en bote.
Si las temperaturas no son muy bajas, tendrá la oportunidad de ver chapoteando dentro del agua a jóvenes guatemaltecos entre risas y diversión.
El recorrido no acaba allí. Poco tiempo después le espera Chichicastenango, municipio del departamento de Quiché, famoso entre los visitantes por su enorme mercado y por albergar la iglesia donde se descubrió el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas.
Lo primero que le recibe al turista es la vista superior del extenso mercado que opera jueves y domingos sin falta.
Al caminar entre sus puestitos improvisados, escuchará la mezcla de idiomas: español y una pizca de inglés para los turistas, e idiomas mayas para las conversaciones diarias y personales.
Encontrará además, amigo viajero, que posar la vista sobre un área en particular será tarea difícil.
Muñequitas “quita penas” -que al colocar debajo de la almohada se llevan la tristeza-, manteles, faldas, peluches, pulseras... las opciones para llevarse un pedacito del país, corazón del mundo maya, son virtualmente ilimitadas.
Tonalidades de rojo, naranja, morado, azul y amarillo se confunden y complementan en vistosos tejidos de todos los tamaños y tipos imaginables.
La compra y venta de artesanías en Chichicastenango puede llegar a agobiar al turista no tan aventurero, ya que aunque no se acerque a los puestos pronto tendrá a 4 ó 5 vendedores a su alrededor. Usualmente, sonrientes niños le preguntarán su nombre, su edad y hasta los nombres de sus papás entre risas.
Si siente que aquello sería atosigador, en los predios del mercado siempre hay guías certificados que por un precio módico le acompañan durante el recorrido y ofrecen oportunas explicaciones.
Si sus compras resultan ser más de lo que puede manejar, estos guías también le ayudarán a transportarlas durante su estadía en Chichicastenango.
Un consejo útil durante su recorrido es no demostrar interés en un producto que en realidad no piensa adquirir. Siendo el turismo prácticamente su única fuente de ingreso, los indígenas mayas intentarán regatear el precio hasta uno que el turista esté dispuesto a pagar.
Es tanto su afán por ofrecer su producto, que lo más probable es que regrese a su vehículo con una comitiva considerablemente mayor a la que llegó en primer lugar.
Otro pertinente consejo es asegurarse de portar los quetzales necesarios para satisfacer sus deseos. Aunque la mayoría de los vendedores acepta gustosamente dólares, realizar el cambio en medio de un ambiente movido y dinámico, como lo es el del mercado, puede ser tarea difícil.
