Ana Teresa Benjamín Guido Bilbao mosaico@prensa.com
Rezaba los misterios y las letanías del rosario desde los 7 años. En mayo del 2004, José Dimas Cedeño cumplirá 10 años como arzobispo. No quiere ser un actor político, pero lo es. Durante el gobierno de Mireya Moscoso, ha servido de mediador en, al menos, dos ocasiones. Es muy probable que esta sea la razón por la que las relaciones con la presidenta son buenas.
Seis hojas de papel bond escritas de su puño y letra. Diecinueve puntos en los que monseñor José Dimas Cedeño Delgado, arzobispo de Panamá, resume su vida. Hace entrega del papel y dice: Ahí está todo. Esta es mi vida. A pesar de superar en pocos centímetros el metro 50, su presencia impresiona: es uno de los hombres más poderosos de Panamá.
Viste la sotana negra de uso diario, impecablemente almidonada; sobre su pecho cae una cadena de plata inmensa de la que cuelga una cruz de formas caprichosas.
Las seis hojas no dicen mucho más que su currículo. Que nació en Peña Blanca; que desde que recuerda quiso ser sacerdote; que lo consiguió y viajó por el mundo gracias a esto. Que fue obispo de Veraguas y ahora toca el cielo con las manos en el Arzobispado de Panamá. Es muy reacio a dar entrevistas. Si fuera por él, habría que contentarse con apenas esas seis hojas.
Rey Montenegro, director de la Fundación ProFe, que se encarga de recaudar dinero fresco para el Arzobispado, intenta tranquilizar a monseñor. Muestra un cuadro con el escudo que representa la gestión de Cedeño. Ellos quieren saber cuál es el significado, le susurra, intentando abrir paso a la charla con Mosaico . Cedeño ríe y explica gustoso.
Cada escudo tiene que representar lo que uno es y lo que se quiere ser. Mi deseo es que el Espíritu Santo guíe mi periodo episcopal.
Monseñor tiene un eslogan simple: Señor, aumenta mi fe.
Es extraño: su nombre genera admiración en unos y desagrado en otros. Dentro de la Iglesia, incluso, infunde esa clase de respeto que limita con el temor. Casi nadie quiere opinar sobre él. Y su historia es un secreto bien guardado donde se mezclan el sacrificio y la suerte con la oración y la política. A ciencia cierta, nadie sabe de dónde salió este hombre, al que algunos llaman Dimas I.
1940, el fenómeno.
Angel Cedeño Batista y María Delgado tenían tres hijos y unas 100 hectáreas de terreno donde dejaban su vida. Vivían en Peña Blanca, a 287 kilómetros de la ciudad de Panamá, un pueblito donde la escuela primaria llegaba solo hasta segundo grado. Cultivaban arroz y caña de azúcar utilizando carretas empujadas por bueyes. Tenían ocho peones a su disposición, un trapiche y un buen número de cabezas de ganado.
Gente muy religiosa, los Cedeño eran asistentes fijos a las dos misas que se celebraban por año en Peña Blanca y faltaban poco a la misa de los domingos que daba el padre Díaz en Las Tablas, pueblo vecino al que se llegaba a través de 5 kilómetros de barro. El más chico de los niños, José, estaba eclipsado por la figura todopoderosa del sacerdote. Era lo más parecido a un superhéroe que podía encontrarse en aquellos lugares, aquellos días. Ayudaba a todo el mundo, era reconocido y tenía su propia guarida, el templo. A falta de televisión, su familia se pasaba las noches rezando el rosario. De tanto escucharlo, con apenas siete años, Josecito lo aprendió de memoria. Entonces fue cuando comenzó a frecuentar los funerales.
Sí, es cierto, me llamaban los deudos. La gente quedaba admirada de que un niño de siete años dirigiera el rosario. Era una cosa muy espectacular, recuerda hoy el arzobispo José Dimas Cedeño.
¿Se ponía nervioso? Era un niño rodeado de adultos, en presencia misma de la muerte.
Nada de nerviosismo, yo me sentía muy tranquilo, en mi salsa. La gente me buscaba, quería que fuese yo. Y cuando terminaba todo, me cogían en los brazos y me levantaban.
Desde que miró el mundo a esas alturas, alzado por brazos extraños y enaltecido, su vocación se hizo evidente. Quería ser sacerdote. Se sentía predestinado.
Dimas hizo hasta el primer ciclo en las escuelas de la zona y luego paró dos años. Su padre decía que era muy caro mandarlo a estudiar a Santiago o a Chitré. Además, en el campo había mucho que hacer. Pero en la cabeza del joven persistía el sueño infantil y consiguió que el padre Díaz, su ídolo de Las Tablas, lo recomendara para ingresar al Seminario Menor San José ubicado en el sector de San Pedro. La carta del padre Díaz decía algo así como ahí va este chico; dice que quiere ser cura.
¿Qué opinaban sus amigos de esta decisión?
Había dos grupos. Uno me apoyaba y otro pensaba que me iba para huir del trabajo en el campo, del sudor, de las lluvias.
¿Cómo manejaba el tema de su vocación con respecto a las cuestiones naturales de los jóvenes de ir a fiestas y emborracharse? Incluso el despertar al amor
Yo era muy fiestero. Me gustaba el baile, la tuna, el tamborito. Y cuando uno es joven tiende a enamorarse, eso es normal, claro que me pasó. Pero no tuve noviazgo, fueron más bien amistades cercanas, no buscaba una familia. Pero esto no fue un obstáculo para consagrarme a Dios.
¿Volvió a ver a esas chicas?
Sí, como no. Soy muy amigo. Creo que habrán entendido que no era la voluntad de Dios.
¿Escribió cartas de amor?
Sí, claro dice y estalla en carcajadas, se pone un poco colorado- pero no sé qué las hicieron. Después vino el seminario y de ahí me fui a estudiar filosofía y teología a Québec, Canadá.
Esos estudios duraron seis años, lapso en el que solo una vez regresó a Peña Blanca. Prefería pasar sus vacaciones en Nueva York.
Cuando regresó a Panamá, fue nombrado sacerdote. Lo enviaron como vicario cooperador a la iglesia de Santa Ana, donde trabajaba por las mañanas. También fue designado asistente en la Nunciatura Apostólica, cargo que le permitió codearse con los grandes nombres de la Iglesia, algo indispensable para hacer carrera dentro de la institución.
¿Qué hacía en Santa Ana?
Bautizaba, daba catecismo, hacía entierros, confesiones.
¿Alguna vez le confesaron algo que le llamara la atención?
Una vez, un hombre, cuando le di la absolución, se desmayó. Se cayó al piso. Eso me llamó la atención. Pero escuché de todo. Pecados y payasadas. Gente que venía muy angustiada; y hombres que confesaban cosas que volverían a hacer. Que venían porque los mandaba la suegra. Uno absuelve cuando se da cuenta del arrepentimiento. Por esos hombres no podía hacer nada.
El ascenso






